En mi opinión, somos
incomprensibles en muchas facetas de nuestra personalidad y nuestra
vida. No dejamos de sorprendernos y asombrarnos con nuestras propias
acciones o pensamientos; hacemos cosas que juramos que nunca íbamos a
hacer y nos olvidamos con tremenda facilidad de aquello que prometimos
que sería inolvidable.
Nos descubrimos a menudo en aspectos
insospechados, en actuaciones con las que no estamos de acuerdo, con
ideas que no nos parecen propias, afirmando cosas que dijimos que nunca
nos atreveríamos a afirmar.
Una de las cosas que deberían
sorprendernos siempre, y no siempre lo hace, es cuando nos quedamos
estancados en situaciones que son adversas y contraproducentes, que
atentan contra nosotros mismos, contra nuestra dignidad y nuestra
estabilidad emocional o psicológica.
Parece lógico y hasta normal
que uno se apegue a las cosas buenas, a lo placentero. En cambio, se
nos debería hacer muy extraño instalar eso que se denomina nuestra “zona
de confort” en un sitio que es insano y autoagresivo. Llegamos a
instalar nuestra zona de confort en un sitio que no es nada confortable.
Nos quedamos apegados a esos estados o situaciones de los que
conscientemente queremos escapar pero a los que nos sentimos –sin saber
porqué- irremediablemente atados, o de los que ni siquiera contemplamos
la opción de la huída, y en los cuales parece que –en el fondo- nos
gusta estar.
Algunas personas se quedan encadenadas a una
relación tóxica o de dependencia, o a la suma de las dos, y aunque son
conscientes de que son perjudiciales encuentran excusas o
justificaciones –mentiras en realidad- para mantenerse apegadas a esa
relación diabólica. Un mal apego.
Nos pasa igual con las
costumbres insanas, o con los vicios, que a pesar de ser conscientes de
lo perjudicial que nos resultan, a pesar de escucharnos decir mil veces
que nos incomodan y no queremos repetir, y a pesar de saber que hasta
nos deterioran, encontramos razones irrazonables para persistir
obstinados a pesar de los perjuicios que nos causan.
Nos apegamos también a lo malo, sin duda.
Es increíble, es ilógico, es absurdo, es tremendo… pero lo hacemos.
Todos los sabios y eruditos están de acuerdo y se empeñan en hacérnoslo
ver, pero les desoímos: el apego es el mayor motivo de sufrimiento de
la persona.
“El apego es una perturbación mental que debe ser evitada y finalmente eliminada”.
“La causa fundamental de la infelicidad en que vive la gente es la tendencia a desarrollar apegos de la más variada índole”.
“El apego es lo opuesto al amor”.
Los apegos nos roban la independencia y la libertad, nos despojan de
una parte valiosa de nuestra personalidad, y nos hacen vasallos
subordinados de la dictadura férrea a la que permitimos que nos sometan.
Acabamos convirtiéndonos en sus víctimas o sus esclavos.
La
“culpabilidad” de la dependencia que uno mantenga con los apegos no es
asunto de los apegos, sino de uno mismo que permite que sea así. El
objeto o situación del apego no son quienes nos encadenan, somos
nosotros mismos quienes nos ponemos los grilletes.
Esto es algo
demoledor que, si lo aceptásemos y comprendiésemos bien, sin darle
vueltas ni buscarles peros, nos liberaría inmediatamente de cualquiera
de los apegos: No tenemos apegos, ELLOS NOS TIENEN A NOSOTROS. Ante
ellos dejamos de ser nosotros mismos.
No hay que darle más
vueltas al asunto ni buscar más explicaciones: esto es así y mientras
más claridad aportemos al asunto, antes y mejor lo veremos y
resolveremos. Sólo hace falta colaboración por nuestra parte, así que…
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
domingo, 15 de mayo de 2022
NOS APEGAMOS A LO BUENO Y A LO MALO (Por Emma Fernandez)
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