En
todo tipo de relación y de vínculo, los límites son necesario para
poder establecer una relación sana. Nos han hecho creer que los límites
debemos de ponerlos a los demás, sin embargo al hacerlo esto nos lleva a
querer controlar el comportamiento y pensar del otro, llevándonos
frecuentemente a la frustración, pues es imposible regirnos por el
comportamiento ajeno y esto nos llevaría a convertirnos en el efecto de
todas las cosas que los demás hacen o dejan de hacer. La realidad es que
los límites sanos son los que nos ponemos a nosotros mismos en
coherencia con nuestros valores y necesidades.
No
es lo mismo decir: "Quiero que tú siempre me digas la verdad y que no
me mientas" a "En el momento en que haya una mentira yo no deseo
participar de esta relación".
En
la primera opción estamos queriendo controlar la honestidad del otro,
en la segunda estamos ejerciendo de nuestro autocontrol, poniendo un
límite a nosotros mismos. La otra persona tiene la libertad de elegir si
miente o no, de considerar si desea tener una relación con nosotros o
no y de dar prioridad a esa relación o al mecanismo de la mentira, sin
importar su elección, nosotros nos mantendremos coherentes con nuestro
valor de honestidad.
Los límites sanos nunca son queriendo controlar al otro, siempre son con uno mismo.
No
es lo mismo decir : "No me grites ni faltes el respeto" a decir "Si
quieres hablar conmigo es sin gritos ni faltas de respeto, si deseas
gritar, hazlo, solo que yo no participaré de la conversación y me
retiraré". Con esta forma de límites, se respetan ambas libertades,
ambas decisiones y nos evitamos la frustración de querer controlar el
comportamiento del otro.
Los
límites son como la piel, nos ayuda a darnos cuenta dónde empieza y
termina el espacio del otro, a respetarlo, pero también a unirnos pues
gracias a mi piel puedo tocarte, abrazarte sin perder mi espacio.
Coach Claudia Hernández
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