Ponte
en guardia. Alerta. Mucho cuidado cuando alguien aparezca en tu vida y
te diga, sin conocerte de nada, que es tu “alma gemela”. Que te ha
“reconocido”. Que vuestro reencuentro viene de otros planos y otras
eras… ¿Te suena? Sí, sé que es muy romántico y muy de otra época. Que tu
ego quiere vestirse de príncipe o de princesa. Interpretar el papel que
vio en las películas y tener ese amante perfecto que, más que caminar
por el suelo, flota y vuela. Pero las cosas no son tan ideales. Ni hay
tanto “amor” como crees en esos arrebatos, esas proposiciones y esas
tendencias.
Tal
vez te sorprenda saber (si aún no lo has comprobado por ti mismo) que
la gran mayoría de esas “relaciones perfectas” están destinadas a un
estrepitoso fracaso (fracaso si las ves desde la expectativa idealizada,
pues al mismo tiempo aportan un gran aprendizaje de conciencia para
quien está preparado para indagar en lo más profundo de su ser), así
como a la decepción absoluta de cada uno de los integrantes de la
pareja. Y no porque sean o dejen de ser realmente “almas gemelas”, sino
porque su concepto de amor aún no ha madurado lo suficiente como para
amar de una manera libre, consciente y exenta de idealizaciones y
expectativas tóxicas. Así, ambos generan y proyectan un “amor”
irreal/ideal que proviene de su propio desamor, y el tema de las “almas
gemelas” se convierte en la excusa perfecta para encarcelarse en una
relación repleta de codependencias, posesividad, expectativas
desmesuradas y múltiples incoherencias. La magia que “sienten” solo está
en su mente, y en cuanto las cosas se tuercen y los dos vuelven a
sentirse vacíos (pues la excitación inicial siempre termina
evaporándose), dicha “magia” pasa a ser resentimiento, confusión y
tendencia a culpar al otro (apúntate las frases “tiene que hacerme feliz
porque es mi alma gemela”, “nunca podré ser feliz sin ella” o “aún no
está lo suficientemente ‘despierto’ para reconocerme y entender mi
amor”, y reflexiona sobre la toxicidad y el mundo Disney que se hallan
por debajo de ellas).
Te
aclaro que este no es un texto para desilusionar, ni para matar el
romanticismo de las relaciones. El romanticismo es bello e incluso
necesario, pero desde la conciencia. De hecho, este texto es para tomar
conciencia. Soy el primero que reconoce y divulga que se producen
reencuentros entre almas, pero idealizar de más estos reencuentros
siempre nos va a conducir a la insatisfacción, a grandes decepciones y a
aprendizajes muy duros. Porque el otro nunca podrá salvarnos. Llámalo
alma gemela, llama gemela, alma afín, alma llama o “llama rellama” (al
final la etiqueta es lo de menos): el otro nunca podrá ser el principal
responsable de tu felicidad ni de tu realización en este plano. Tu
“ascensión” tampoco depende de tu reencuentro con otra persona, ni es
imprescindible que te unas a esa supuesta alma gemela para ascender en
conciencia y abandonar “juntos” este planeta. Estas ideas
“espiritualizadas” y dramáticas del amor sobre todo tienen arraigo en
personas muy heridas afectivamente y con una baja autoestima, por lo que
la imagen de ese “salvador” acabará rompiéndose una y otra vez en mil
pedazos mientras dichas personas no reconozcan el amor en ellas mismas y
alcancen un estado de paz emocional. Dicho esto, y para aportar algo de
luz al sabor amargo de lo que acabamos de exponer, ese amor elevado que
muchos tenemos en mente EXISTE; por supuesto que existe. Los
reencuentros de almas existen. Claro que sí. Pero no nos perdamos en
nuestro particular cuento de hadas: la responsabilidad de nuestra vida
es nuestra, y ningún “reencuentro” nos aportará la paz y la felicidad
que nosotros mismos no seamos capaces de generar. De hecho, el auténtico
reencuentro se da cuando ambos han trascendido la necesidad enfermiza
de que este se produzca. La paz en los corazones es lo que lleva a la
paz emocional y a la consolidación de cualquier relación. Así, lo más
importante no es que alguien te diga que es tu “alma gemela” (esto puede
repetirse muchas veces a lo largo de tu vida y no es “señal” de nada),
sino que te hayas reconectado contigo mismo para reconocer el amor real
cuando este toque a tu puerta. 

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