Ponte
mis zapatos y camina con ellos un rato. Y dime qué sientes después del
kilómetro 20, cuando pierdas el aliento entre el viento y las nubes,
cuando no encuentres metros ni estaciones. Anda mis pasos, mis subidas y
bajadas, escala mis montañas y desciende a mis abismos. Ponte mis
zapatos y camina con ellos un rato, esquiva las minas escondidas, paga
los peajes y apaga la luz, y dime qué ves cuando me quedo a oscuras y me
pesa el equipaje.
Ponte
mis zapatos, así entenderás por qué me duelen algunos paisajes y por
qué no hago escala en algunas personas que se creen ciudades. Anda,
anda. Y conversa un rato con la nada hasta que te tiemblen las piernas y
te escuezan las horas que no avanzan mientras todo el mundo te
adelanta. Ponte mis zapatos, así entenderás de dónde salen las fuerzas,
de dónde nacen las alas, por qué secuestro nostalgias y echo sueños a
volar. Sigue, que queda lo más divertido del camino: los atajos que
confunden, las piedras que te frenan y las voces que distraen.
Respira
mi aire, empaqueta las cajas de todas mis mudanzas, siente el amor que
he recibido, el desamor que me caló, vive mi alegría intermitente y
detente cuando el dolor te apriete el alma. Y ahí, justo después del
kilómetro 20; siéntate, quítate mis zapatos, suspira, sonríe, mira al
cielo o al suelo… Y si eres valiente me juzgas.
Antes de juzgar, camina. Igual los zapatos te quedan grandes. (Míriam Imedio).
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