La humildad no es agachar la cabeza… es abrir el corazón.
No se trata de sentirte menos, sino de no creerte más.
Porque mientras el ego busca brillar, la humildad aprende a servir.
Un día, un joven sabio fue invitado a dar una charla.
Lo esperaban cientos de personas.
Pero cuando llegó, se quitó el saco elegante, tomó una escoba… y empezó a barrer el salón.
¿Qué haces? —le preguntaron, confundidos.
Él respondió:
—Quiero asegurarme de que mi alma esté más limpia que este piso… antes de abrir la boca para enseñar algo.
La humildad no es debilidad. Es fuerza bien dirigida.
Es saber que todo lo que tienes puede servir a otros.
Y que no necesitas demostrar nada… cuando sabes quién eres.
Porque los árboles más grandes no hacen ruido cuando dan sombra.
Y los sabios de verdad… no presumen su sabiduría.
-Susana Rangel
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