La práctica del silencio es muy
poderosa y a la vez, difícil de realizar en estos días. Consiste en
permanecer el mayor tiempo posible en total silencio; es decir, sin
hablar, sin contestar el teléfono, sin mirar televisión, sin leer ningún
libro, sin escuchar música. De esta manera, se logra el estado de
contemplación que eleva la energía a un nivel muy alto.
En nuestra cultura, está muy arraigado el concepto de que siempre deberíamos estar haciendo algo,
aprovechando nuestro tiempo valioso. La idea de "hacer" es muy valorada
y se reciben recompensas por eso. Sin embargo, es mucha más valiosa la
idea de "Ser" y ésta es la clave de este ejercicio. Nuestro verdadero
valor radica en que somos "seres humanos" y no "hacedores humanos". No
hay nada de malo que desarrolles ciertas tareas y seas una persona
productiva, pero tienes que aprender a encontrar el verdadero valor de
tu ser, aún cuando no hagas nada que la sociedad considere valioso.
Si tienes la costumbre de rezar, agrégales a tus momentos de oración unos minutos de silencio al final. Cuando estás rezando, le estás "hablando" a Dios. Cuando permaneces en silencio, estarás "escuchando" su Respuesta. Si sólo rezas y luego te vas, lo único que habrás hecho es un perfecto monólogo. De nada sirve que reces con todo tu fervor pidiendo la solución a un problema si no escuchas Su Respuesta. En el Universo todo es perfecto y necesario. Todo lo que te sucede tiene un sentido y guarda una lección para ti. Hasta que no la aprendas, continuarás lidiando con lo mismo; por eso, el silencio es importante. Cuando permaneces en silencio, la Voz de Dios te habla con claridad y te explica por qué te sucede todo lo que te sucede.
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