Un día, te vas a dar cuenta que ya no estás en la vida de tu mujer aunque sigan bajo el mismo techo.
Vas a verla reír, pero ya no por ti.
Vas a escuchar su voz, pero ya no te hablará.
Te va a servir el café como siempre, pero ya no tendrá ese gesto de cariño escondido entre sus dedos.
Y cuando la mires, vas a notar algo que antes no habías querido ver: que su mirada se fue, aunque su cuerpo siga ahí.
Porque una mujer no se va el día que empaca sus cosas.
Se va mucho antes… el día que deja de insistir, de explicar, de llorar, de reclamar.
El día que entiende que nada de lo que diga va a cambiar lo que ya se rompió.
Y tú, tal vez sigas ahí creyendo que todo está bien, que las rutinas son normales, que el silencio es paz…
Pero un día, cuando intentes abrazarla y sientas que su cuerpo está frío, distante, ajeno… entenderás que ya no estás.
Que perdiste su alma mientras te distraías con todo lo demás.
Y será ahí, en medio del mismo techo, cuando te golpee la verdad más dura:
que no hay ausencia más triste que la de una mujer que aún está… pero ya no te pertenece.
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