No hay flores, joyas ni viajes que puedan compararse con la paz que una madre siente al ver a sus hijos unidos. 
Porque cuando ellos se abrazan, ella descansa; cuando se apoyan, su corazón sonríe. 
No necesita palabras, solo el silencio tranquilo de saber que sembró amor, y que ese amor sigue vivo entre ellos. 
Una madre no sueña con regalos materiales… sueña con armonía en su familia. Ese, sin duda, es el regalo más puro que puede recibir
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