Todos
tenemos dentro una araña. En algunas personas es más grande que en
otras, pero en todos nosotros habita, pues es parte de nuestro equipo
instintivo.
La
Psicología Transpersonal señala que uno de los mayores peligros para el
Caminante es la inflación psíquica o inflación del Ego: implica que los
nutrientes destinados a que nuestro verdadero Sí Mismo se fortalezca y
se despliegue, sean en cambio capturados por nuestro Ego,
“engordándolo”. La resultante es lo que antiguamente se llamaba
arrogancia espiritual (una buena expresión, pues significa “arrogarse
cualidades superiores a las que se tienen”).
Lo
peligroso es que el Caminante deja de esforzarse en ir hacia donde cree
que ya ha llegado. De todas las ilusiones que perturban la objetividad,
ésta es una de las más difíciles de advertir, pues deforma nuestra
noción de nosotros mismos y de los demás. Necesitaremos la ayuda de un
buen terapeuta, de alguien que nos sirva de espejo... o de la vida. Sí:
cuando vamos por el mundo creyendo ser quienes no somos, la vida oficia
de estrepitoso corrector, mostrándonos, tarde o temprano, nuestro
verdadero lugar. Los griegos llamaron a la inflación del Ego hybris:
desmesura en el orgullo de sí. Y decían que a quien la ejerciera, la
diosa Némesis le presentaba eventos que le hicieran colapsar esa
arrogancia.
Todos
somos propensos a este sindrome. A veces se da de modo intrapsíquico,
sintiéndonos íntimamente superiores a los demás, aunque no lo afirmemos,
o ejerzamos una falsa modestia desde la cual el Ego mismo se defina
como “solamente un canal de lo Superior”, saboreando lo “especial” de su
condición. En otros casos, el Ego inflamado de “poder espiritual”
adopta una actitud beatífica, se adorna con ideas y se proclama
“maestro”, “sanador”, o cualquier otra definición similar; no sólo
estará confundido, sino que ayudará a otros a confundirse, pues ese Ego
necesitará quienes alimenten su narcisimo.
Esto
sucede porque la inflación psíquica se fundamenta en un sentimiento de
carencia, de ser poca cosa, el cual busca compensarse a mediante un
rubro difícilmente medible: el de la evolución interior. Si la persona
tiene aún algo sano en sí misma, su Inconsciente le recordará su
situación fraudulenta. Si no, el sujeto caerá en una verdadera
borrachera egoica, encantado de su “contacto directo con lo Divino”.
¡Estará en serios problemas! Y vivimos en una época donde este sindrome
abunda como la mala hierba en el campo incultivado.
Siempre
que abordamos este tema en los alumnos se genera inquietud. “¿Y si me
estuviera sucediendo, sin advertirlo?”. Sostener esa pregunta puede ser
salvador. Nos impulsa para entrenarnos en el arte de conocer todos los
mecanismos del Ego, de modo que no nos veamos envueltos en ellos sin
tener conciencia estamos resbalando hacia padecer este sindrome. O bien
advertir que, por temor a esa arrogancia, por el contrario, nos
empequeñecemos tanto que dejamos de realizar nuestra tarea en esta vida
(lo cual también es un problema muy común entre los caminantes!)
Trabajar sobre el Ego es la materia más ardua en el proceso evolutivo. Y
a la vez, -les aseguro-, una tarea apasionante...
Virginia Gawel
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