Hay momentos en los que la vida no pide explicaciones, pide que estés.
Que respires.
Que aflojes el cuerpo.
Que dejes de forzar sentido inmediato a lo que aún se está gestando.
Confiar no es desconectarte de lo que sientes.
Es habitarte.
Escuchar cuándo algo se tensa y cuándo algo se abre.
Aceptar que no todo llega para entenderse de inmediato,
algunas experiencias llegan para atravesarse con presencia.
Cuando sueltas la necesidad de controlar, algo se acomoda:
las señales se vuelven más claras,
las decisiones se sienten en el cuerpo,
las personas correctas aparecen sin empujarlas.
No porque la vida cambió,
sino porque dejaste de resistirte.
A veces avanzar no es hacer más,
es detenerte lo suficiente para recordar quién eres cuando no estás escapando de ti.
Y desde ese lugar, todo empieza a ordenarse.
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