—Mamá, si el jugo es de piña… ¿por qué no es tan bueno como la piña?
Me lo preguntó Lucas, mi hijo de cinco años, mientras comía una rebanada con tenedor.
Y me di cuenta de que yo también pensaba eso.
Entonces se lo expliqué así:
—Mira, cuando comes piña así como tú la tienes ahora, estás comiendo el jugo, la fibra y toda su pulpa.
Tu cuerpo lo digiere despacito… y la energía entra poco a poco.
Pero si exprimimos la piña para hacer un vaso de jugo, usamos 3 o 4 pedazos como ese.
Y al colarlo, le quitamos lo más importante: la fibra.
Entonces lo único que entra a tu cuerpo es el azúcar… y lo hace corriendo.
—¿Y si la piña es natural? —me preguntó.
—Sí, Lucas… es natural, pero también tiene azúcar.
Se llama fructosa, y si entra poquito a poquito, no pasa nada.
Pero si te la tomas toda junta, en un vaso, sin freno… el cuerpo se asusta.
Por eso la insulina —que es como una llave— tiene que salir a toda velocidad a abrir las puertas de las células para guardar ese azúcar.
Y cuando lo hacemos muchas veces al día… esa llave se desgasta.
Y ya no funciona igual.
Por eso ahora, en casa, si queremos fruta, la comemos así: entera, con calma y con gratitud.
Porque no se trata de tener miedo a lo natural,
sino de entender cómo funciona el cuerpo de verdad.
Así se lo expliqué a Lucas.
Y así te lo comparto.
—Susana y su familia
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