En mi opinión, una de esas cosas que nos duelen y no somos capaces de aceptar abiertamente es, sin duda, el rechazo.
Sentirnos rechazados, saber que no le caemos bien a alguien, o que no
tiene de nosotros un concepto tan bueno como deseamos, son cosas que nos
cuesta mucho aceptar.
Y entonces decimos –para minimizar el
efecto doliente- “no me importa” en vez de decir “no quiero reconocer
que me importa”. Porque sí importa. Sí se le da importancia. El ego no
se puede quedar impasible ante una afrenta de ese tamaño. El orgullo
–primo hermano del ego- también mete cizaña ante el intento que hacemos
de aparentar impasibilidad –“él se lo pierde”, podemos decir en voz
baja-.
Pero sí, molesta, duele, enoja, enfurece…a nuestro ego
–no a nosotros- le altera, le encoleriza, porque se siente atacado
directamente y en su flanco más sensible.
Nosotros –si realmente
fuésemos nosotros- deberíamos quedarnos inalterables. Nosotros somos
quienes somos, o deberíamos serlo a pesar de la opinión de cualquier
persona ajena.
Es cierto que una situación así, la de sentirnos
rechazados, implica una posible lección muy importante y una invitación a
la reflexión acerca de uno mismo. Multitud de preguntas acerca de
nosotros, de nuestro modo de ser o manifestarnos, de nuestras acciones o
reacciones, de nuestras actitudes, nos pueden acercar a la verdad de lo
que estamos mostrando, que puede que no sea el que realmente somos.
Hace tiempo que encontré una frase que me puso en mi sitio con respecto
a ese tema, y eso también le ha sucedido a muchos de aquellos con
quienes la he compartido. Dice así:
JAMÁS PODRÁS GUSTAR A TODO EL MUNDO NI CONSEGUIR QUE TODOS TE ACEPTEN. NI SIQUIERA EL MISMO DIOS LO HA CONSEGUIDO.
Cuando pretendemos gustar de un modo irrechazable a los otros… ¿qué hay
detrás de ello?, ¿soy yo o es mi ego quien se siente afectado?, ¿ese
rechazo me ha mostrado una realidad mía que trato de ocultar detrás de
mi enojo?, ¿soy como me dicen los otros que me ven o como yo creo que
soy? A éstas se pueden añadir nuevas preguntas de cosecha propia.
Y no hay que dar explicaciones a nadie por las respuestas que surjan.
Este es un asunto propio. Así que se puede y se debe ser absolutamente
sincero, cruelmente sincero si es necesario. Lo que no se debe hacer es
tratar de ocultar, intentar disimular, justificar con excusas o
invenciones, mentir y mentirnos.
Y hay que tener mucho cuidado de
no caer en el disparate de esforzarnos artificial e innecesariamente
para agradar a los otros, para gustarles. No es bueno ser serviles, ni
humillarse, ni renunciar a la dignidad propia, ni dejar de ser uno mismo
para ser como al otro le gustaría que fuésemos. Eso nos haría perder
nuestra identidad y llegaría el momento en que no sabríamos quiénes
somos, perdidos entre tanto personaje que tendríamos que crear para
satisfacer a todos.
Uno sólo ha de satisfacerse a sí mismo… en
principio. Si uno lo hace así, y se siente satisfecho de quien es, lo
que mostrará al mundo es una persona digna, honrada, radiante, íntegra y
ética. Y una persona así… sí que tiene posibilidades de gustarle a todo
el mundo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
jueves, 10 de febrero de 2022
JAMÁS PODRÁS GUSTAR A TODO EL MUNDO (Por Emma Fernandez)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario