En mi opinión, las personas que complacen en exceso, dando prioridad
absoluta a los otros y a los deseos ajenos, que se desatienden a sí
mismas por atender a los otros, que se esfuerzan en demasía para
satisfacer a los demás, o que complacen pero después se quedan con una
sensación desolada y frustrante, deberían revisar qué es lo que hay
realmente detrás de su actitud, por qué son tan complacientes. Pueden
llevarse una gran sorpresa.
En el Análisis Transaccional se hace
referencia a un Impulsor al que se llama COMPLACE. Generalmente se da en
personas a las que en su infancia se les ha inculcado el sacrificio
como una “obligación moral” o como una imposición de la “caridad
cristiana”, pero también se da en personas que lo han aprendido en su
hogar –sobre todo fijándose en su madre- la servidumbre y la obediencia
–con una parte de sumisión incluida-, o les han enseñado a buscar la
complacencia personal en el agradar y servir a los otros –aunque haya
sido como una responsabilidad impuesta de la que no son conscientes-.
Se da también en personas carentes de autoestima o con una autoestima
que esté por debajo de su justo equilibrio. El amor, el reconocimiento,
las caricias en el alma o en los sentimientos, son imprescindibles para
el Ser Humano, y si uno no es capaz de dárselas a sí mismo no le queda
más remedio que buscarlas donde sea y como sea.
En ese “donde sea
y como sea” es donde reside el error, porque a veces para conseguirlo
se acaba renunciando a los propios derechos y a la felicidad, y se acaba
siendo manejable, resignado y esclavizado, e incapaz de reclamar lo que
le corresponde, y mientras no se dé cuenta de ello -porque está en la
costumbre rutinaria que arrastra desde su infancia- será infeliz, pero
ni siquiera se planteará el motivo de su infelicidad y menos aún el
origen.
Busca -con orejeras y pagando cualquier desorbitado
precio- que alguien le llene el depósito de las caricias, que le dé un
poco de atención o unas migajas de cariño, y, en demasiadas ocasiones,
paga por ello la renuncia a sí mismo y se perjudica notablemente.
Hace favores a los otros, les cuida con esmero y en demasía, les
antepone a sí mismo, les da incluso más de lo que piden y más de lo que
se merecen, sonríen pero sólo para agradar, se callan lo que realmente
piensan, sufren cuando el otro no se deja ayudar, y se sienten mal
cuando no les cae bien a los otros…a pesar del esfuerzo realizado.
Y todo eso con la única intención –aunque inconsciente- de recibir a
cambio de su atención un reconocimiento, que le digan que son amables o
buenos, que les den un poquito de atención o una pizca de cariño… pero…
el inconveniente es que los otros, por lo general, no son generosos en
el agradecimiento –llegan a verlo como una obligación de quien les está
complaciendo y por eso piensan que no tienen que agradecerlo- y
entonces, al no recibir ese reconocimiento que esperan, lo único que
piensan es que no han sido suficientemente complacientes y que se tienen
que esforzar más, complacer más, entrando de ese modo en una espiral
que se vuelve autodestructiva porque comprueban que el esfuerzo nunca es
recompensado. “Los otros son unos desagradecidos”, piensan.
La
mayoría de los que buscan esas caricias fuera es porque no son capaces
de encontrarlas en el sitio donde tienen que estar: dentro de uno mismo.
En muchas ocasiones se produce un error y se busca que sean otros
quienes nos den lo que tenemos que darnos nosotros. De modo que, aún en
el caso improbable de que sean muy agradecidos y generosos al agradecer,
siempre será tomado como algo que está bien y es bien recibido, pero…
no tiene la intensidad del amor que proviene de la comprensión y
aceptación incondicional de uno mismo.
Estas personas son
propensas a entrar en relaciones de dependencia o relaciones tóxicas
porque están necesitadas de ser reconocidas, de que alguien les preste
atención… incluso aunque sea para hacerles sufrir. Prefieren el
sufrimiento antes que la nada.
He escrito acerca de los casos más
“extremos” y un poco “anormales”. Hay personas que son complacientes
por naturaleza –porque el Ser Humano es generoso- pero… quien crea
después de lo leído que puede haber algo oculto en su COMPLACE, que lo
resuelva.
Hay unos permisos que conviene integrar hasta la
aceptación incondicional de ellos para poder salir de impulsor COMPLACE.
Puede resultar un poco complicado al principio, pero insistiendo se
consigue. Por ejemplo, diciéndose –pero sintiéndolo, comprendiéndolo y
creyéndoselo- “está bien que me respete”, o “está bien que me preste
atención” o “está bien que piense primero en mí y en mis intereses”.
Y por otra parte fomentando el Amor Propio, mejorando la Autoestima, y
deshaciéndose de algunos mandatos que le inculcaron a uno durante su
infancia y de los cuales no es consciente, o sea: haciendo lo que se
desea hacer pero por voluntad y decisión propia.
Ser complaciente
con los otros puede ser un error grave si no hay solamente generosidad
tras el hecho. Si tras esa fachada lo que hay es una necesidad de
reconocimiento (que no tiene nada que ver con el ego) y de recibir amor,
o atención, entonces ya no es tan bueno, no es tan generoso. Esconde
una carencia de un tipo de amor que sólo puede venir de uno mismo: el
Amor Propio.
A quien se vea reflejado en el COMPLACE le sugiero
una revisión de sus actuaciones, de su autoestima, de las carencias
sentimentales que pudo tener en su infancia, de su Amor Propio. Tal vez a
quien realmente tiene que complacer es a sí mismo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
martes, 8 de febrero de 2022
SER COMPLACIENTE PUEDE SER UN ERROR GRAVE (Por Emma Fernandez)
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