Confundiste
espiritualidad con tibieza. Con pasividad. Con sumisión. Con permitir
lo que no es permisible… Quizá te vino bien. Y así sigues. A la deriva.
Sin personalidad. Justificando lo injustificable. ¿Que el otro te falta
al respeto? Pues perfecto, lo perdonas porque eres muy bueno y
espiritual. ¿Que el otro te maltrata? Genial, hay que aguantarlo porque
tú eres un ser de luz y solo das amor y comprensión. ¿Que el otro hace
lo que le da la gana contigo y se permite cualquier cosa en tu
presencia? No pasa nada, ahí estás tú con tu espiritualidad sumisa y
obediente para decir “te amo, no pasa nada, las cosas mejorarán, sé que
puedes cambiar”… El problema es que el otro no cambia. Y es lógico. Le
diste permiso para campar a sus anchas en tu vida. Para opinar
gratuitamente sobre ti. Para maltratarte de mil maneras como si fuera lo
más normal del mundo… ¿Qué esperas entonces? Pues eso: una y otra vez
tendrás más de lo mismo.
Por
los motivos que sean, has juzgado la energía masculina. No la has
integrado. Y la parte amorosa y pasiva de la espiritualidad te ha venido
de perlas para justificar tu victimismo y quedarte en modo “off”. Lo
“bueno” que eres y lo malos y poco amorosos que son los demás...,
¿verdad? Pues no. No es así. Te has alineado en la pasividad, en la
resignación y en el sacrificarte por los otros aunque te jodan lo
indecible. Y eso no es amor. Eso es falta de poder personal. Falta de
dirección. Falta de autoestima. Falta de energía masculina, tan
necesaria como la femenina. La energía del poder, del poner límites, del
“hasta aquí”, del elevar el tono de voz cuando es necesario, del mirar
con firmeza a los ojos del otro… La energía del no-miedo al conflicto.
La energía de ser tú, aunque los demás no estén de acuerdo. ENERGÍA
MASCULINA. En mayúsculas, para que la veas bien y dejes de una vez de
juzgarla o arrinconarla, porque no integrarla va a arruinar tu vida y a
mantenerte en el limbo de la inacción y la falta de personalidad.
Espiritualidad
no es solo energía femenina. Es energía masculina y femenina bien
integradas. Bien comprendidas. Bien empleadas. En equilibrio. Nada de
“solo amorcito, comprensión, dulzura, empatía y cariñito y le perdonamos
todo al otro” (exceso de femenino). Y nada de “paso por encima de todo
el mundo y me convierto en un tirano sin sentimientos” (exceso de
masculino). Te hablo de equilibrio. Y en ese equilibrio tiene que
aparecer el masculino sí o sí para que tu vida no siga desequilibrada.
Para que sepas poner límites y luchar por lo que amas. Para soltar las
relaciones que ya no deseas en tu vida. Para encaminarte hacia tus
sueños y realizarlos. Para respetarte y ser respetado. Para ser tú, en
definitiva, sin miedo a que los demás no estén de acuerdo. ¿No están de
acuerdo? ¿No te respetan? ¿Necesitan que seas como ellos quieren que
seas? Pues los mandas a tomar viento. Eso es energía masculina. ¿A qué
viene que tú respetes al otro y el otro no te respete a ti? ¿Lo ves
normal? Corta. Ponlo en su sitio. Dile que por ahí no es contigo. Y
sigue tu camino. Sin culpas y sin remordimientos. A partir de ese
momento, el otro ya sabe cómo tratarte. Y te pedirá disculpas si en
verdad valora la relación contigo. Eso es poder personal. Eso es
dirección. Eso es rumbo (y no deriva) en tu vida. Ese es el camino de
empoderarte, realizarte e integrar la energía masculina. 


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Javier López Alhambra
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