En mi opinión, ésta es una situación en la que uno nunca sabe bien cómo
actuar. Cualquier relación de amor se inicia con la intención de que
sea eterna. Cuando se inicia, no entra ni remotamente entre las
posibilidades el que un día se extinga esa pasión, ese deseo de
compartirlo todo con el otro, de estar continuamente con él, y de amarle
hasta el fin de los tiempos.
Si el enfriamiento en la relación
es paulatino, por la suma de una decepción tras otra, o porque uno se da
cuenta de que no se enamoró de una persona sino de una fantasía que uno
mismo idealizó, y si hay sinceridad, se puede ir admitiendo que la
relación apunta directa e inexorablemente hacia su fin y que tal vez
haya que plantearse junto con el otro el futuro de la relación, pero hay
veces que es el otro quien toma una decisión insospechada y plantea
directamente el fin.
SI UNO ES DEJADO POR EL OTRO (sin desearlo)
Se ve todo de otro modo. El mundo deja de existir tal como se había
creado. Es un volver a empezar obligatorio pero arrastrando una
tristeza, una incomprensión, y una sensación de fracaso, o –cuanto
menos- de error. En los primeros momentos a veces hasta se coquetea con
la idea de la muerte. “No puedo vivir sin él o sin ella” es una mentira
melodramática recurrente. Y es que no se desea que termine lo que se
creía firme, y entran ganas de aferrarse a lo que quede, aunque ya no
quede algo cierto, pero eso no se quiere perder: el niño pequeño no
quiere perder nada de lo que tenía. Entran ganas de ir a buscar al otro
a suplicarle, a pedirle que lo reconsidere –sin que la dignidad se
entere o sin que la dignidad haga acto de presencia en ese momento que
tanto se la necesita- para seguir en la ilusión de que no ha pasado lo
que sí ha pasado, y que todo sigue igual. Se cierran a cal y canto las
puertas del olvido antes de que puedan refugiarse en él lo que todavía
se siente como si fuera cálido y estuviera vivo.
SI SE ACABA (por culpa del otro)
La rabia lo preside todo. Las ganas de destruir, matar, o exterminar,
son prominentes; las acusaciones se acumulan y ya antes de haber
terminado de esgrimir una hay otra ansiosa por salir, y hay otras que
llevaban tiempo esperando poder decir lo que anidan en sus entrañas. El
dolor está activo, pero no es sólo el dolor que ha acompañado durante
los últimos tiempos: es un dolor que clama venganza, que sólo se
conforma con destrucción, que es blasfemo, retorcido, cruel… la sed de
pagarle con otra moneda sangrienta es insaciable; aparece dentro de uno
mismo alguien desconocido clamando venganza y, al mismo tiempo que se
agradece su presencia para expresar lo que de verdad se siente en ese
momento, es inevitable asustarse un poco al descubrirlo dentro.
Los sentimientos son eso: sentimientos. No son tratados psicológicos
académicos ni razonamientos discursivos. Son estados que no tienen en
cuenta a las explicaciones sensatas y razonadas, sino que son –a veces-
explosiones del alma, o son reacciones orgullosas del ego, pero a fin de
cuentas manifiestan sin censura lo que habita en uno en ese momento.
Si uno siente rabia o cualquier otro estado o emoción al saber que el
otro –de quien aún se sigue enamorado- ha tomado la decisión de acabar
con la relación, casi cualquier acto es comprensible y casi cualquier
pensamiento entra dentro de lo que se considera una reacción humana
“normal” aunque no sea adecuada. “Normal” quiere decir que se ha
convertido en norma, no que sea correcto.
SI ES UNO EL QUE YA NO SIENTE AMOR POR EL OTRO
Esta es una situación que entra perfectamente en lo lógico. Puede pasar
y pasa. Nos puede pasar a nosotros pero también le puede pasar a
nuestra pareja. Y hay que entenderlo y aceptarlo como correcto. El amor y
el amar no se pueden crear de un modo artificial. Son espontáneos, son
naturales, no necesitan de razonamientos ni siguen una fórmula concreta
para producirse. Están vivos y son absolutamente autónomos. No se pueden
provocar y tampoco se pueden forzar. O son ellos mismos de un modo
natural o no son amor o amar.
Cuando uno llega a la conclusión
incuestionable de que no siente amor por la otra persona, lo sensato es
poner fin a la relación, y hacerlo preferiblemente de mutuo acuerdo y de
la mejor manera. Con mucho cuidado, porque hay que cuidar al otro. Y
más aún si el otro ha formado parte de nuestra vida, si le hemos amado,
si nos hemos compartido con él. Con mucho cuidado y con cariño, ya que
no queda amor. Con mucho respeto y delicadeza, aunque con firmeza. La
asertividad bien manejada es buena en estos casos. Y hacerlo de este
modo es mejor para los dos.
LOS SENTIMIENTOS NO NOS PERTENECEN
Así parece. Uno no hace nada por enamorarse y parece que no hace nada
por desenamorarse. Parece como si las cosas fueran sucediendo por ellas
mismas. El amor no se puede crear artificialmente, ni se puede fingir.
El desamor a veces está relacionado con la evolución personal, y si el
otro o la otra no siguen o no quieren seguir nuestro ritmo evolutivo en
lo personal o lo espiritual es habitual que se vaya interponiendo el
distanciamiento. Las cosas de la vida cumplen su ciclo, y hay que saber
cuándo hay que cerrar uno para comenzar otro.
Y esto mismo sucede
con las relaciones familiares y amistosas, o sea que casi todo lo leído
se puede aplicar también en esos casos.
NO HAY CONSEJOS
Las relaciones humanas son complejas a veces y cada persona y cada
relación es un mundo. No hay fórmulas universales. La sinceridad, para
con el otro y con uno mismo, es una buena consejera.
A quien ame y sea amado, felicitaciones.
A quien no ame o no sea amado en este momento, ánimo. A fin de cuentas,
tener el corazón desocupado es condición recomendable para que pueda
ser ocupado. A por ello.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
jueves, 26 de enero de 2023
¿QUE PASA CUANDO SE ACABA EL AMOR? (Por Emma Fernandez)
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