Cuanto
más el hombre esté unido a la Fuente divina, tanto más atrae a obreros
celestes que vienen a ayudarle y a apoyarlo. De este modo se vuelve
fuerte, sólido, resplandeciente, dueño de sí mismo, y posee la clave
poderosa de la realización. Teman pues hacer algo que ahuyente de
ustedes a los obreros divinos. Cada falta expulsa a los amigos
invisibles pues produce exhalaciones nauseabundas que ellos no pueden
soportar.
Cuando
el discípulo pone a Dios sobre todas las cosas, cuando ora, cuando
medita para unirse a Él, los obreros celestes dejan correr sobre él las
aguas del río de vida y lo inundan con sus rayos. Si su alma estuviese
abierta para captar estos haces de luz, verían aparecer ante ustedes un
mundo sublime lleno de habitantes de gran esplendor.
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