Cuando se compara el estado del cuerpo: rostro, corpulencia, cabellera, estatura que se tiene a los cincuenta años con la que se tenía a los veinte, nos quedamos impresionados por las profundas modificaciones que se han producido.
Si se remonta a la edad de diez años, los cambios todavía son más enormes; y sin embargo, mirando con atención la fotografía, se adivinan sin grandes dificultades en los rasgos de la fisionomía del niño y del adolescente, el origen de la fisionomía del hombre de cincuenta años. La evolución que continuamente se ha realizado se a mantenido en límites definidos; estos límites son los que impone la forma, abstracción hecha de las moléculas componentes, es decir, de los que se denomina el tipo.
¿Cómo será posible dudar ni un solo instante de la realidad de la
existencia del alma, al ver que el mencionado tipo se revela siempre, aun por fuera de los límites del cuerpo?
Los casos citados precedentemente son otras tantas pruebas
irrecusables de esta forma del alma, independiente de las moléculas carnales que no son para ella más que un manto cambiante, aunque siempre formado de semejantes materiales; un flujo que la rodea y en el cual se materializa momentáneamente. Esta forma indestructible es la que se encuentra después de la muerte, pues ella no depende del cuerpo físico, sino que preexiste a la materia viva y subsistirá aun cuando la vida se extinga en su envoltura.
El periespíritu puede compararse groseramente a un recipiente
en el cual el agua pasaría sin depositarse, pues constantemente una parte del líquido se derrama, y desde el exterior viene una cantidad igual a reemplazar a la que ha desaparecido.
Mas se dirá si el periespíritu es inmutable, ¿cómo se explican estos cambios en el aspecto exterior?
¿De dónde procede la evolución que se manifiesta a partir del nacimiento hasta la muerte?
Se debe atribuir a la energía vital, cantidad limitada que va sin cesar disminuyendo hasta la extinción final.
El principio de actividad que nos hace vivir, es una suma
limitada de energía que se agota con su uso. Desde la concepción
hasta la muerte, la potencia que construye y repara el organismo va sin cesar disminuyendo. Mientras que durante los nueve meses de
gestación el óvulo fecundado aumenta en peso más de un millón de veces, el recién nacido gana solamente el triple el primer año, una sexta parte en el segundo año, y va de menos en menos años
sucesivos. Desde los treinta a cuarenta años el cuerpo permanece
estacionado, y a partir de dicha edad, va disminuyendo hasta el final.
.
Al igual que los proyectiles movidos por una impulsión brusca,
tienen los seres lanzados a la vida su máximum de fuerza viva, en un principio, y la van perdiendo gradualmente a medida que tienen que vencer resistencias, deteniéndose su carrera tan pronto como han consumido aquélla. En el momento de la reencarnación, se fija en el periespíritu la fuerza que emana de los progenitores, y esta fuerza es la que pondrá su mecanismo funcional en movimiento y la que será el manantial de su actividad.
La evolución es debida a la variable densidad de esta fuerza.
Durante la vejez conserva el periespíritu las mismas
propiedades, pero se ejercen más débilmente a medida que disminuye el principio de animación.
EXTRACTO DEL LIBRO ( las vidas sucesivas).
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