Nikola Tesla, el genio serbocroata que domó la electricidad y sentó las bases del mundo moderno, nos enseñó que somos una amalgama indivisible de luz y oscuridad. Como inventor de la corriente alterna y visionario de la transmisión inalámbrica, Tesla entendía que la energía requiere de polos opuestos para fluir.
Para él, querer eliminar nuestros defectos es, en esencia, intentar desmantelar la estructura misma de nuestra identidad. Nuestras imperfecciones no son errores, sino componentes críticos de nuestra humanidad. A menudo, la misma intensidad que nos hace fallar es la que nos permite alcanzar descubrimientos extraordinarios. Al aceptar nuestra dualidad, dejamos de luchar contra nosotros mismos para canalizar nuestra energía hacia un propósito mayor.
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