Es
común escuchar, en especial por parte de adolescentes y jóvenes, quejas
acerca de su familia. Al final, la familia del amigo, del vecino
siempre es la mejor. La madre del amigo es comprensiva, el padre escucha
al hijo. Algunos llegan a decir que se sienten extraños en su hogar,
que les gustaría muchísimo ser hijos de esta o aquella familia. Y llevan
tan en serio sus afirmativas, que no es raro encontrar niños y niñas
que pasan días enteros en casa de amigos. Porque es allí, en aquel
ambiente, donde se sienten bien. ¿Por qué pasa eso?
Primero
debemos considerar que los padres, como responsables por la educación
de sus hijos, continuamente les advierten sobre sus deberes, sus
obligaciones. Es la escuela, los deberes de casa, las pequeñas tareas
del hogar, la limpieza de su habitación. Tales cuestiones hacen que el
joven se sienta presionado en su hogar, mientras en el del amigo nada le
es exigido, porque allí es una visita. Y la visita merece un trato
especial, puesto que su educación no es deber de sus anfitriones.
Otro
detalle a considerar es que algunos de nosotros verdaderamente nacemos
en familias que no nos son simpáticas. Eso ocurre como parte de nuestro
aprendizaje, dentro de la ley de causa y efecto, pues probablemente en
experiencias anteriores en la carne, descuidamos los afectos familiares,
menospreciamos su convivencia. Retornamos así, para vivir entre seres
indiferentes o incluso antipáticos.
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