Es cierto que somos Dios, o más bien, nuestra verdadera naturaleza es
idéntica e inseparable de la de Dios. Pero nada de lo que somos en tanto
que hombres es Dios. Todos los elementos que componen el yo humano son
la resultante de diversos procesos que derivan del dominio de la
naturaleza, y todos ellos son impermanentes. Esto es así, no sólo en lo
que respecta a los aspectos físicos, sino también en lo que respecta a
los elementos psicológicos y psíquicos, pensamientos, sentimientos y
aspiraciones. La personalidad no es más que un ensamblaje pasajero que
no contiene nada que sea eterno, y está absolutamente vacía de nuestra
verdadera naturaleza. En nuestro yo supremo ningún rastro del yo humano,
ningún rastro del que escribe, del que lee. Ningún rastro de las
tendencias, gustos, aspiraciones y actitudes características que
componen la personalidad.
En la transcendencia de nuestra verdadera
naturaleza, no queda sitio para una especie de personalidad sobrehumana,
dotada de poderes y de atributos extraordinarios. Transcendencia quiere
decir más allá de toda clase de calificación, y por lo tanto, más allá
de todo individualismo, sea sobrehumano o super-sobrehumano.
Precisamente porque nuestra naturaleza individual última, supera toda
calificación personalizada, logra ser una con la naturaleza eterna,
universal, atemporal y trascendente de Dios.
Unidad no quiere
decir equivalencia. Nuestra consciencia es indisociable de la
Consciencia de Dios. Su naturaleza es idéntica, pero nuestra consciencia
no es la consciencia Divina en su totalidad. Nuestra consciencia es
Dios en tanto que fragmento. La naturaleza de un fragmento es idéntica a
la naturaleza de la totalidad, pero Dios engloba y sobrepasa la
totalidad de los fragmentos de consciencia, o si se prefiere, la
multitud de focos de consciencia individualizados que contiene
intrínsecamente.
La prueba de esta no equivalencia se encuentra en
el razonamiento siguiente: Si mi consciencia es la de Dios, en lugar de
ser simplemente indisociable de la consciencia Divina, yo percibiría la
totalidad del universo. Pero lo que yo percibo, de lo que yo tengo
consciencia, no es más que de un fragmento del universo. Yo soy pues
consciencia individualizada, mientras que Dios, que percibe la totalidad
del universo, es consciencia universal.
Yo soy uno con el Ser divino al nivel de mi esencia, pero soy distinto de Él al nivel de mi individualidad.
Somos en nuestra esencia transcendente el Ser Divino, y no lo sabemos.
Por esta ignorancia metafísica estamos separados de Él, inconscientes de su Realidad.
La iniciación, y el trabajo espiritual de cada uno, disipa esta
ignorancia. Disipándola, la inconsciencia transcendental se encuentra
reemplazada por la Consciencia transcendental, y la separación
metafísica, a causa de la cual el hombre estaba de alguna forma exiliado
de su origen, se sustituye por la unión mística, y así, la grieta que
separaba a la parte del todo, se encuentra colmada.
Desde otro punto
de vista, nuestra unión con Dios es algo ya realizado. Estamos,
estaremos y siempre hemos estado unidos a Él, ya que todo es inseparable
de Dios.
Realizar la unión mística, es tomar consciencia de la
existencia de esta inalterable unión. Y es tomando consciencia de su
existencia cómo, a nuestro nivel, la hacemos efectiva. Pues si somos
inconscientes de la indisociable unión que nos une con Dios, esta unión
no existirá para nosotros. ( traductor bing )
lunes, 5 de septiembre de 2022
LA UNIÓN MÍSTICA 2ª Parte (Por Jean Jacques Agnaud)
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