En
mi opinión, una de las cosas que aprendemos a lo largo de las
experiencias que vamos teniendo en la vida y que se acaba instalando en
nosotros -en muchos casos a nuestro pesar - es la desconfianza.
Las
lecciones desagradables que nos da la vida son para aprender de ellas y
para no volver a repetir lo mismo que no nos ha gustado. Esto
de la confianza y la desconfianza es un asunto muy delicado, porque no
se puede tomar una norma para aplicar en todos los casos. Ni se debe confiar en todo ni se debe desconfiar de todo, porque ambas cosas pueden ser un error. Entonces… ¿cómo saber cuándo una cosa y cuándo otra?
Personalmente…
No confío en quien te da una puñalada mientras te dice al oído “sonríe” o, peor aún pero más habitual, “te quiero”.
Y por esta experiencia hemos pasado casi todos. Alguien nos ha engañado
mientras mostraba una sonrisa, nos ha traicionado mientras decía que
jamás lo haría, o nos ha abandonado en el momento que más le
necesitábamos.
No
confío, en muchas ocasiones, en los pensamientos que aparecen en mi
mente de improviso, o cuando estoy eufórico o, peor aún, cuando estoy
triste y deprimido, porque casi nunca representan a la verdad. Por eso
siempre reflexiono sobre lo que pienso. Reflexionar implica concentrarse para analizar o aclarar, es alejarse para ver el conjunto y acercarse para ver el detalle. Pensar es algo más leve, para mí es como pasar por encima y rápido.
No confío del todo en las palabras y sí en los hechos. Lo que vale no es lo que se dice, sino lo que se demuestra.
Estoy bastante harto de promesas que se quedan sólo en promesas, de
gente que defrauda una y otra vez en cada oportunidad que se les da. Me
encanta una frase de Friedrich Nietzsche que dice “Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”. Abundan en mi pasado ese tipo de personas que no son nada deseables.
No
confío en esas relaciones que se establecen en las que uno siempre es
el que cede y el que pierde, el que nada recibe a cambio de lo mucho que
entrega, el que se frustra, el que sale roto.
No
confío en los egoístas, en los pancistas, en los aprovechados, en los
acaparadores, en los narcisistas, en los ruines, los avaros, los
mezquinos, los envidiosos, ni en los ingratos.
No
confío en quien se esconde detrás de una sonrisa falsa, ni en dice lo
contrario de lo que piensa y hace lo opuesto a lo que dice.
No
confío en los egoístas ni en los ególatras ni en los egocéntricos, o
sea en aquellos que construyen el mundo en torno a sí mismos, que
pretenden que todo sea según sus caprichos; no confío en esos
presuntuosos que abanderan su ego como centro del Universo.
No
confío en aquellos que no tienen entre sus ingredientes activos la
modestia, la humildad, la honestidad, la sencillez, la generosidad, los
que no saben decir con el corazón “te quiero”, los que no saben abrazar,
y los que no respetan a los otros Seres Humanos.
No confío en unas manos que ya me han soltado antes,
en los que no quisieron escuchar mis gritos de auxilio, en los que no
ofrecieron todo su corazón cuando les necesitaba, en los que se taparon
los ojos para eludir mis necesidades, ni en los que escondieron los
brazos cuando necesité un abrazo.
Seguramente tú tendrás más motivos para no confiar, así que te inicio una frase y la concluyes tú. No confío en…
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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