miércoles, 25 de junio de 2025

CUANDO LA LUZ PESA: LA PARADOJA DE LA ESPIRITUALIDAD COMO CARGA (Por Vicente Saus)

 

Vivimos en una era en la que la espiritualidad ya no se hereda: se elige. Y en ese proceso de búsqueda, muchas personas han encontrado en la New Age y en la nueva espiritualidad un espacio de sentido, contención y posibilidad. Sin embargo, bajo la apariencia de libertad y expansión, muchas veces se esconde una nueva forma de exigencia: la obligación de ser luminosos, plenos, conscientes… todo el tiempo.
Desde una mirada psicológica, esto genera una trampa sutil: la promesa de la sanación total, de la manifestación constante, de vivir en un estado vibracional alto, puede convertirse en una presión crónica y en una fuente de autoexigencia. Si no sanas, es porque no estás "alineado". Si te enfermas, es porque "algo atraes". Si sientes rabia, es que aún "no has trascendido". Así, emociones humanas básicas —como el miedo, la tristeza o la duda— son rechazadas o espiritualizadas, negando su valor adaptativo y su potencial de transformación.
Filosóficamente, esta nueva espiritualidad cae en una especie de neognosticismo, donde el "despertar" se convierte en un deber y el "desarrollo personal" en una nueva forma de meritocracia existencial. Se transita de la culpa religiosa tradicional a la culpa espiritual contemporánea: no por pecar, sino por no ser suficientemente consciente.
El sujeto moderno, que antes se sentía oprimido por dogmas externos, ahora puede sentirse agobiado por una autoexigencia interiorizada, bajo el disfraz de libertad. Es la tiranía del yo espiritual, que exige perfección emocional, coherencia constante y expansión sin pausa. El "trabajo interior" puede volverse infinito, como un bucle sin salida.
Esta trampa también afecta el vínculo con los demás: nos volvemos incapaces de sostener el dolor ajeno sin juzgarlo, porque lo leemos como "resistencia", "karma" o "energía densa". En vez de compasión, aparece el diagnóstico disfrazado de conciencia. Se pierde, así, la ternura.
La paradoja es clara: buscamos el despertar para aliviarnos del sufrimiento, pero muchas veces terminamos atrapados en un nuevo deber ser espiritual que exige, pero no acoge; que ilumina, pero no abraza la sombra.
Quizá una espiritualidad más madura no sea la que promete luz eterna, sino la que nos permite sentarnos humildemente con nuestra oscuridad, sin prisa por trascenderla. Una espiritualidad que no sea un mandato, sino un espacio de autenticidad. Donde podamos, por fin, respirar.
Mientras tanto prefiero ser uno de los dormidos.

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