A menudo creemos que actuamos con libertad, que nuestras decisiones son conscientes y autónomas.
Sin embargo, muchas veces nos movemos desde condicionamientos profundos que no vemos.
Llenamos la agenda de planes, encuentros y estímulos, como si el silencio o la soledad fueran enemigos. Pero en el fondo, quizás tememos encontrarnos con ese vacío interior que susurra abandono o carencia.
De igual modo, podemos buscar pareja con urgencia, como si nuestra plenitud dependiera del otro, sin darnos cuenta de que esa búsqueda incansable nace de un miedo más antiguo: el de no ser suficientes solos.
En realidad, el amor, la conexión y el sentido surgen cuando dejamos de forzar y empezamos a habitar el presente tal como es, incluso si viene en forma de soledad o pausa.
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