La carne es débil… y eso era lo hermoso 
Hay algo que la modernidad tecnológica parece haber olvidado con una prisa sospechosa, que el ser humano es, ante todo, un ser encarnado. No una mente atrapada en un cuerpo, no un algoritmo ejecutándose en carne, sino una unidad indivisible de materia y espíritu, de barro y aliento divino. La Biblia lo dice con una simplicidad que aplasta cualquier pretensión científica: "Entonces Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Génesis 2:7).
Polvo. Eso somos en nuestra base material. Y sin embargo, ese polvo animado por el soplo de Dios es la criatura más compleja, más misteriosa y más bella que existe sobre la faz de la tierra. La fragilidad no es un defecto del diseño. Es el diseño mismo.
La vulnerabilidad del cuerpo humano no es una falla que corregir sino una condición que define. Envejecemos, nos enfermamos, sanamos, cicatrizamos, morimos. En ese ciclo hay una sabiduría que ningún ingeniero de Silicon Valley ha logrado reproducir ni comprender del todo.
Las arrugas de un anciano son una biblioteca. Las manos callosas de un trabajador son un poema. La cicatriz sobre el pecho de una madre es una historia de amor que ninguna pantalla puede narrar.
El cuerpo humano, con sus limitaciones, con su tendencia inevitable hacia la entropía, ha sido el escenario donde se ha desplegado toda la grandeza de la experiencia humana: el dolor, el éxtasis, el duelo, la danza, el abrazo, la oración.
Quitarle la mortalidad al ser humano no es liberarlo. Es vaciarlo.
Y sin embargo, vivimos tiempos en que la mortalidad se ha convertido en el gran enemigo a vencer. El transhumanismo, ese movimiento filosófico y científico que propone superar las limitaciones biológicas del ser humano mediante la tecnología, ya no es ciencia ficción. Es agenda. Es inversión. Es política. Sus exponentes más radicales, nombres como Ray Kurzweil, Aubrey de Grey o los think tanks financiados por las grandes corporaciones tecnológicas, hablan con una naturalidad escalofriante de fusionar la mente humana con la inteligencia artificial, de reemplazar órganos por componentes sintéticos, de editar el genoma como si fuera un documento de texto, de alcanzar eventualmente algo que llaman longevidad indefinida, que es, sin más rodeos, la inmortalidad tecnológica.
La promesa es seductora. Y toda promesa seductora merece una mirada crítica.
Lo que el transhumanismo no dice, lo que calla con gran elegancia discursiva, es el precio que se paga por esa supuesta mejora. Porque mejorar implica que algo está mal. Y si lo que está mal es el cuerpo humano tal como fue concebido, entonces la pregunta que sigue es inevitable: ¿mal según quién? ¿Según qué parámetro? La respuesta que da el transhumanismo, aunque no siempre de forma explícita, es que el cuerpo es malo porque es lento, porque se enferma, porque envejece, porque muere. Es decir, el cuerpo es malo porque es humano. Y ahí está la trampa filosófica en la que cae el movimiento entero, en su afán por mejorar al ser humano, termina por eliminarlo.
Tengo que aclarar que esta obsesión no nació con los laboratorios de biotecnología. Tiene raíces más antiguas y más cotidianas. Basta mirar cómo funciona la industria de la belleza, el fitness extremo, la cirugía estética compulsiva, los suplementos, las dietas imposibles, los filtros de las redes sociales que suavizan la piel, alargan las piernas, ensanchan los ojos hasta convertir el rostro propio en un avatar de silicio. Hay millones de personas que ya viven en guerra contra su propio cuerpo, que lo perciben como un enemigo a disciplinar, moldear y eventualmente someter. El transhumanismo no es más que la versión tecnológica y filosóficamente sofisticada de esa misma guerra. La diferencia es que ya no se trata de hacer dieta o ponerse botox, sino de reemplazar órganos, editar genes, implantar chips. La escala cambia. El impulso de fondo es el mismo, el cuerpo natural no alcanza, no es suficiente, hay que intervenirlo.
El apóstol Pablo, que entendía el cuerpo mejor que muchos filósofos contemporáneos, escribió algo que conviene releer con cuidado: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?" (1 Corintios 6:19). Templo. No máquina. No plataforma. No sustrato biológico. Templo. Un lugar donde habita lo sagrado. Esa concepción teológica del cuerpo no es una metáfora poética para consumo de beatos, es una declaración ontológica sobre la dignidad de la materia humana.
Implica que el cuerpo no nos pertenece en el sentido mercantil del término, que no es un objeto de consumo ni de intervención arbitraria, que tiene una sacralidad que no se negocia en bolsa ni se cotiza en una startup de longevidad.
Lo que estamos perdiendo, y lo estamos perdiendo a una velocidad que no nos da tiempo de procesar el duelo, es la aceptación. La capacidad de habitar el propio cuerpo con sus contradicciones, de envejecer con dignidad, de morir con sentido. Las culturas antiguas tenían rituales para acompañar cada etapa del cuerpo, el nacimiento, la pubertad, la madurez, la vejez, la muerte. Cada una de esas etapas tenía un valor, un lugar, una función en la narrativa de la comunidad. La modernidad tecnocrática no tiene rituales. Tiene protocolos de optimización. Y en esa sustitución se pierde algo que no tiene nombre técnico pero que todos, en algún momento de silencio, sentimos que falta.
El Eclesiastés, ese libro bíblico que polemiza por su lucidez brutal, dice: "Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. Un tiempo para nacer, y un tiempo para morir" (Eclesiastés 3:1-2). Esa cadencia, ese ritmo natural que incluye el final como parte del sentido, es exactamente lo que el transhumanismo quiere eliminar. Y al eliminar la muerte, elimina también la urgencia, la belleza de lo efímero, el peso moral de cada decisión, la profundidad del amor que sabe que se acaba.
Un ser inmortal no ama de la misma manera que uno que sabe que el tiempo es limitado.
Un ser que no puede morir no puede tampoco, en el sentido más pleno, vivir.
No se trata de negar el valor de la medicina ni de romantizar el sufrimiento innecesario. La ciencia médica que alivia el dolor, que cura enfermedades, que devuelve funcionalidad a cuerpos dañados, es un bien genuino y hay que defenderlo. El problema no es la medicina. El problema es la ideología que se cuela detrás de ciertas formas de tecnología aplicada al cuerpo, la idea de que la humanidad es un borrador, que lo que somos hasta ahora es apenas una versión beta que hay que actualizar. Esa idea es, en el fondo, una forma de desprecio. Desprecio por lo que somos, por cómo llegamos a ser lo que somos, por los millones de años de supuesta evolución y los miles de años de cultura que nos dieron este cuerpo imperfecto y magnífico.
La carne es débil, sí. Lo sabemos desde siempre. Pero en esa debilidad hemos escrito sinfonías, hemos construido catedrales, hemos parido hijos, hemos enterrado a nuestros muertos con flores. En esa debilidad hemos amado. Y si algún día logramos reemplazar cada órgano, cada célula, cada neurona por un componente de titanio y circuitos cuánticos, habremos ganado tal vez la inmortalidad. Pero habremos perdido, en el camino, aquello que hacía que la vida valiera la pena de ser vivida.
Julio César Cháves
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