lunes, 23 de marzo de 2026

LA INGRATITUD (Por Leon Wenborne)

 La ingratitud .-
¿Es cierto que la ingratitud es parte de la naturaleza humana?
Hay varios factores que intervienen en el proceso de la ingratitud. Los he analizado sin autoridad académica, basado simplemente en mi experiencia.
Creo que la ingratitud parte de un desproporcionado sentido de superioridad personal que muchos alientan sin razones aparentes para justificarlo. Recuerdo a un vagabundo placeteño que se sustentaba de la limosna que manos generosas le hacían llegar. Alguien me mencionó que la característica de este pobre hombre era que nunca daba las gracias por lo que recibía. Cuando le llamaban la atención sobre esta descortesía, que iba en contra de él mismo, su atención se desviaba y continuaba impertérrito su camino. En cierta ocasión logré una conversación con este típico pordiosero pueblerino, y de pronto le hice esta pregunta: ¿por qué nunca das las gracias por lo que te dan?. Su respuesta no la olvido: “Porque no me dan sino de lo que les sobra”.
Para ser agradecidos es necesario despojarse de la idea de que la gratitud exalta de forma indeseada al dador. Yo estimo que quizás, en efecto, en algunos casos la gratitud tenga algo de servilismo, y que en otros tantos la persona que la recibe sienta un impulso hacia la superioridad; pero se trata de situaciones aisladas, de excepción. En la vida cotidiana las cosas no tienden a suceder de esa forma.
He visto que la ingratitud en muchos casos es un problema de comunicación más que de sentimiento. La gratitud que no se expresa, se disminuye; pero no nos damos cuenta.
Hay mucha gente agradecida que proyecta ingratitud por el simple hecho de que no se animan a vestir de palabras los sentimientos que anidan. A menudo me encuentro con personas que me dicen cuán agradecidas están por esto o aquello que pude alguna vez hacer a favor de sus vidas.Recuerdo las palabras de un viejo poema cuyo autor desconozco: “ , la voz nos la dio Dios para que le habláramos, y las bendiciones nos las da para que se las agradezcamos...”.
Hay que reconocer que la ingratitud suele ser una distorsión del carácter. Hay gente que no agradece porque es mala. Los envidiosos, los avariciosos, los orgullosos y pudiéramos alargar la lista , son ingratos porque en el corazón no le caben virtudes, ya que lo tienen lleno de vicios. Diderot puso de manifiesto su cinismo cuando dijo que “la gratitud es una carga y las cargas se hacen para que nos las quitemos de encima”.
En efecto, la ingratitud es una falsa superioridad, un silencio impropio y una mancha del carácter Pero también es un problema de educación religiosa. Y añado el adjetivo “religiosa” por aquello de que para muchos la gratitud es una simple falta de educación .Decir gracias puede, en efecto, ser una expresión de educación, cultura y decencia; pero no necesariamente una expresión de sinceridad. Y de esto debemos cuidarnos.
La Biblia abunda en menciones a la gratitud. Si fuéramos a escribir un artículo estrictamente religioso el material nos sobreabundaría. En términos concretos, La Biblia nos demanda gratitud a Dios en todo, y la promueve en nuestras relaciones humanas. Hay textos en los que Jesús condena la ingratitud, y la misma tendencia se hace expresiva en las epístolas. En el Antiguo Testamento, los Salmos y los Proverbios demandan la gratitud y condenan la ingratitud.
Los ingratos, o son ateos, o no mantienen una relación apropiada con Dios. Yo he descubierto que cuando una persona experimenta una renovación espiritual, el resurgimiento de la gratitud es parte integral de esa renovación. Tenemos el caso de los peregrinos, quienes nos legaron la celebración del Día de Acción de Gracias. Se congregaron no para agradecer excesos, lujos, abundancias o riquezas. Agradecieron la victoria sobre la intemperie y la brevedad de lo elemental para vivir. En sus circunstancias los incrédulos hubieran explotado de agresiva ingratitud.
Es triste que haya ingratos. Y lo más triste es que las personas generosas, nobles y amables reciban la ingratitud como un dardo traidor que les taladra el alma. Aunque no hagamos el bien para que nos lo agradezcan, como proclaman mucho, todo el que hace un bien por impulso de su amor quisiera recibir al menos una sonrisa de la persona que recibe tal beneficio.
“Si recoges a un perro hambriento y lo alimentas, nunca te morderá; esa es la diferencia entre un perro y un hombre”, decía Mark Twain. Es cierto que la ingratitud es un deterioro de nuestra humanidad, una mancha en nuestro carácter, un peligroso déficit en nuestra personalidad. Lamentablemente hay muchas personas que no son conscientes de esta realidad.
Yo creo, a fin de cuentas, que lo mejor del mundo es hacer el bien y no esperar otra recompensa que la del gozo de hacerlo. ¿Puede usted decirme el nombre del buen samaritano de la parábola de Jesús?. El pobre hombre golpeado y abandonado a su suerte que fue rescatado por el buen samaritano sabía todo lo que tenía que agradecer; pero no sabía a quien agradecérselo.
Quizás tú y yo tengamos la ventaja de saber a quien expresarle nuestra gratitud. El crimen sería que la calláramos, sobre todo a Dios, quien es aún capaz de oír la silenciosa voz de nuestros corazones

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