La mejor venganza es no necesitar ninguna. 
Hay una trampa silenciosa que el ego tiende con mucha habilidad: convencerte de que hacerle daño a quien te hirió te devolverá la paz.
No es verdad.
La venganza es una cadena disfrazada de justicia. Cada vez que alimentas ese pensamiento, le das al otro poder sobre tu presente. Le permites vivir dentro de ti, ocupar espacio en tu mente, agitar las aguas de tu corazón. Y tú, que mereces silencio y claridad, terminas cargando un fuego que no te calienta.
En el yoga, existe el principio de ahimsa, la no violencia. Pero ahimsa no es solo no hacerle daño al otro. Es, sobre todo, no hacerte daño a ti mismo. Y aferrarte al resentimiento es una forma sutil y profunda de violencia hacia tu propio ser.
El perdón no es un regalo que le haces al que te lastimó. Es el acto más radical de amor propio que existe. Es decir: este dolor no define mi camino. Este capítulo se cierra aquí.
Cúrate. No para demostrarle nada a nadie. Sino porque mereces vivir liviano, respirar profundo, sentir el cuerpo en paz.
El agua no guarda rencor contra la piedra que la detuvo. Fluye. Busca otro camino. Sigue adelante con la misma suavidad y la misma fuerza.
Tú también puedes hacer eso.
No vuelvas a donde te apagaron. No regreses a quien no supo cuidar tu luz. Avanza. El presente te necesita entero, no dividido entre lo que fue y lo que pudo ser.
La mejor venganza, en verdad, es ninguna.
Es sanar. Es soltar. Es florecer en silencio.
Om Shanti
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