domingo, 8 de marzo de 2026

LOS QUE SE VICTIMIZAN PARA MANIPULAR (Por Julio César Cháves)

 

Hay una figura que todos hemos encontrado alguna vez, la persona que siempre sufre más que nadie, que acumula injusticias con una dedicación casi artística, que convierte cada conflicto en una demostración de su propio martirio. No hablo de quienes genuinamente padecen. Hablo de algo más oscuro y calculado, la victimización como instrumento de poder.
Al empezar este artículo quiero aclarar que hay una diferencia fundamental entre ser víctima y hacerse la víctima. La primera es una condición que se padece. La segunda es una estrategia que se ejecuta.
Sí, algunas personas usan el drama como control. Robert Hare, en su libro Sin conciencia: el inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean, señala que ciertos individuos son capaces de simular vulnerabilidad con extraordinaria eficacia, no porque la sientan, sino porque comprenden que funciona. El sufrimiento, en esas manos, es un instrumento retórico.
Otro autor llamado George K. Simon, en otro libro titulado Lobos con piel de oveja, describe cómo el manipulador encubierto usa la postura de víctima como escudo. Cuando es confrontado, no responde con argumentos sino con dolor. Llora. Acusa al otro de ser cruel. Y así, quien señalaba el daño termina disculpándose por haberlo señalado.
Sí, otros usan la culpa como arma. Martha Stout, en El sociópata de la puerta de al lado, advierte: "La mejor señal de que alguien te está manipulando es que constantemente te hace sentir culpable sin razón clara." La victimización crónica tiene exactamente ese efecto: genera una culpa difusa que paraliza.
Este mecanismo aparece también en el triángulo dramático de Stephen Karpman: quien se victimiza no permanece pasivo. Rota entre víctima, perseguidor y salvador según lo que necesite en cada momento. Es un rol dinámico dentro de un juego que siempre tiene un ganador implícito.
Desde otro enfoque, el narcisismo y el martirio permanente son otra cara de la manipulación psicológica del victimismo. Craig Malkin, en Repensando el narcisismo, describe al narcisista vulnerable como alguien eternamente incomprendido, que usa su fragilidad como mecanismo de control, lleva registro meticuloso de cada agravio y lo convierte en deuda emocional permanente. No busca resolución. Busca que el otro le deba algo.
En esta misma línea, el autor Harriet Braiker, en ¿Quién maneja tus hilos?, lo llama manipulación basada en la culpa, con el tiempo, quien es manipulado organiza toda su conducta alrededor del dolor del otro. Se vuelve un satélite. Pierde el eje.
Ahora bien, ¿cómo reconocer este tipo de manipulación? Hay tres señales consistentes.
La primera: el sufrimiento nunca cede, sin importar cuánto se haga, porque si cediera, desaparecería la herramienta.
La segunda: el dolor aparece siempre en momentos clave, cuando se confronta una conducta o se exige una respuesta.
La tercera: quien señala termina siendo el problema. La conversación empieza hablando de una acción concreta y termina siendo un juicio sobre la crueldad de quien la señaló.
Reconocer esto no es un acto de dureza. Es un acto de lucidez. La compasión genuina vale la pena protegerla. Y se protege aprendiendo a distinguirla de la trampa emocional que la imita.
No todo llanto es honesto. No toda herida es inocente.
Julio César Cháves

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