Cuando
alguien dice o hace algo que nos hace enojar, sufrimos. Tendemos a
decir o hacer algo en respuesta para hacerle sufrir con la esperanza de
que suframos menos. Pensamos: «Quiero castigarte, quiero hacerte sufrir
porque me has hecho sufrir. Y cuando te vea padecer mucho, me sentiré
mejor».
Muchos creen en esta práctica tan pueril, pero en realidad cuando haces sufrir a otra persona, ésta intentará encontrar
alivio haciéndote sufrir más. Y el resultado es que vuestro sufrimiento
irá aumentando. Pero ninguno de los dos necesitáis un castigo, sino
compasión y ayuda.
Cuando
te enojes, vuelve a ti mismo y cuida de tu ira. Y cuando alguien te
haga sufrir, regresa a ti mismo y cuida de tu sufrimiento, de tu ira. No
digas ni hagas nada, porque cualquier cosa que digas o hagas en un
estado de ira, podría estropear más tu relación.
La
mayoría de nosotros no lo hacemos, no queremos volver a nosotros
mismos, sino perseguir a esa persona para castigarla. Pero si tu casa se
está incendiando, lo más urgente es volver a ella e intentar apagar el
fuego, y no echar a correr detrás del que crees que la ha incendiado,
porque si lo haces, tu casa se quemará mientras te dedicas a atraparle.
Y
eso no es actuar prudentemente. Debes regresar y apagar el fuego. Cada
vez que estás enojado, si sigues relacionándote o discutiendo con la
otra persona, si intentas castigarla, estás actuando exactamente como
alguien que se pone a perseguir a un pirómano mientras su propia casa
está ardiendo.
El Buda nos dio unas herramientas muy eficaces para apagar el fuego que hay en nuestro interior:
1. El método de respirar y de andar de manera consciente.
2. El método de abrazar nuestra ira y de observar profundamente la naturaleza de nuestras percepciones.
3. El método de observar a fondo a los demás para comprender que también sufren mucho y necesitan nuestra ayuda.
Estos métodos son muy prácticos y proceden directamente del Buda.
Inspirar
de manera consciente es saber que el aire está entrando en tu cuerpo, y
exhalar de manera consciente es saber que tu cuerpo está cambiando el
aire.
Así
estás en contacto con el aire y con tu cuerpo, y como tu mente está
atenta a la respiración, también estás en contacto con ella.
Sólo
necesitas una respiración consciente para volver a entrar en contacto
contigo mismo y con el mundo que te rodea, y tres respiraciones
conscientes para mantener este contacto.
Mientras
inspires, di «inspirando», y mientras espires, di «espirando». De ese
modo, estarás practicando todo el día la meditación de caminar. Es una
práctica que se puede hacer constantemente y que tiene, por tanto, el
poder de transformar nuestra vida cotidiana.
Como
practicantes, hemos de ser especialistas en la ira. Hemos de ocuparnos
de ella, practicar hasta que entendamos las raíces de nuestra ira y cómo
funciona.
Sosteniendo
atentamente a su bebé, la madre descubre rápidamente la causa de su
sufrimiento, y entonces le es muy fácil corregir la situación. Si el
bebé tiene fiebre, le dará una medicina para que desaparezca. Si tiene
hambre, lo alimentará con leche calentita. Si el pañal está demasiado
apretado, se lo aflojará.
Como
practicantes, hemos de hacer exactamente esto. Sostendremos al bebé de
nuestra ira con tanta atención que nos sentiremos mejor. Después haremos
la práctica de respirar y caminar de manera consciente, como si
estuviéramos cantando una nana al bebé de nuestra ira. Y entonces la
energía de la plena conciencia penetrará en la energía de la ira,
exactamente de la misma forma que la energía de la madre penetra en la
del bebé. No hay ninguna diferencia. Si sabes hacer la práctica de la
respiración consciente, de sonreír y de meditar caminando, seguro que te
sentirás mejor al cabo de cinco, diez o quince minutos.
Todas
las plantas se alimentan del sol. Todas son sensibles a él. Cualquier
vegetación que sea abrazada por el sol experimentará una transformación.
De
madrugada las flores aún no se han abierto, pero cuando al amanecer
sale el sol, las abraza e intenta penetrar en ellas. La luz del sol está
formada por partículas diminutas, por fotones. Los fotones van
penetrando poco a poco en la flor, uno tras otro hasta llenarla de
ellos. En ese momento la flor no puede resistir más y ha de abrirse a la
luz del sol.
Del
mismo modo, todas las formaciones que hay en nosotros, tanto mentales
como fisiológicas, son sensibles a la energía de ser consciente. Si la
plena conciencia está ahí, abrazando tu cuerpo, éste se transformará. Si
la plena conciencia está ahí, abrazando tu ira o tu desesperanza, éstas
también se transformarán. Según el Buda y según nuestra experiencia,
cualquier cosa que sea abrazada por la energía de la plena conciencia,
experimentará una transformación. Continúa en la 2ª parte saludos.
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