Cuando un payaso se muda a un palacio, no se convierte en rey.
El palacio se convierte en un circo.
Hay una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar:
el poder no ennoblece a quien no tiene grandeza interior.
Solo amplifica lo que ya era.
Puedes vestir de oro a un necio,
sentarlo en un trono,
rodearlo de lujo, escoltas y aplausos…
pero por dentro seguirá siendo lo mismo:
un hombre pequeño con poder grande.
Y ahí empieza el desastre.
Porque cuando alguien sin visión, sin carácter y sin dignidad llega a un lugar importante, no eleva el lugar…
lo degrada.
No transforma el caos en orden,
transforma la institución en espectáculo.
La autoridad en burla.
El liderazgo en farsa.
Un palacio no hace rey a nadie.
Como un cargo no crea grandeza.
Como un uniforme no crea honor.
Como una corona no fabrica sabiduría.
Lo que eres por dentro, tarde o temprano, se nota por fuera.
Y cuando la mediocridad se sienta en lo alto,
todo lo que toca empieza a parecerse a ella.
Por eso no basta con admirar el escenario.
Hay que mirar quién lo ocupa.
Porque cuando el incapaz llega al poder,
los serios son silenciados,
los corruptos se sienten cómodos,
los aduladores prosperan
y la dignidad del lugar empieza a morir entre aplausos vacíos.
No todo el que manda merece mandar.
No todo el que brilla merece ser admirado.
Y no todo el que ocupa un palacio tiene alma de rey.
A veces, la decadencia de un lugar no comienza cuando lo atacan desde afuera…
comienza cuando le entregan el centro a un payaso.
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