El
maestro no respondió en ese momento; sin embargo, después de unos días,
mientras él y el joven alumno estaban sentados cerca de un río, dijo
que tenía sed y le pidió al niño que le trajera un poco de agua con un
colador viejo y sucio que había en el suelo.
El alumno se sobresaltó, porque sabía que era un pedido sin lógica.
Sin embargo, no pudo contradecir a su maestro y, habiendo tomado el cedazo, comenzó a realizar esta absurda tarea.
Cada
vez que sumergía el colador en el río para traer un poco de agua para
llevar a su maestro, ni siquiera podía dar un paso hacia él, ya que no
quedaba ni una gota en el colador.
Lo
intentó y lo intentó decenas de veces pero, por mucho que trató de
correr más rápido desde la orilla hasta su maestro, el agua siguió
pasando por todos los agujeros del tamiz y se perdió en el camino.
Agotado,
se sentó junto al Maestro y dijo: "No puedo conseguir agua con ese
colador; perdóname, maestro, es imposible y he fallado en mi tarea”.
“No
— respondió el anciano sonriendo — no has fallado. Mira el colador,
ahora brilla, está limpio, está como nuevo. El agua, que se filtra por
sus agujeros, lo ha limpiado".
“Cuando
lees libros — prosiguió el viejo Maestro — eres como un colador y ellos
son como agua de río. No importa si no puedes guardar en tu memoria
toda el agua que dejan fluir en ti, porque los libros; sin embargo, con
sus ideas, emociones, sentimientos, conocimientos..., la verdad que
encontrarás entre las páginas, limpiarán tu mente y espíritu, y te
convertirán en una persona mejor y renovada. Este es el propósito de la
lectura".
Victoria Quintero
BUENA LUNA.
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