Hoy se usa mucho la palabra “ego” para explicar casi todo. Si alguien se enoja, es el ego. Si hay conflicto, es el ego. Si algo incomoda, también. Se vuelve una especie de etiqueta que parece explicar mucho, pero en realidad deja fuera lo importante.
Lo que una persona hace no sale de una sola cosa. Tiene que ver con su historia, con el contexto en el que está y con lo que ha aprendido a lo largo del tiempo. Cuando todo se reduce al “ego”, se pierde esa complejidad. Se pone un nombre rápido, pero no se entiende realmente qué está pasando.
En la forma de pensar, esto genera ruido. Si cualquier emoción incómoda se interpreta como algo que hay que quitar, se pierde la capacidad de leerla bien. El enojo puede estar marcando un límite, el miedo puede estar relacionado con algo concreto, la incomodidad puede tener sentido en una situación específica. Meter todo en la misma bolsa impide ver esas diferencias.
En la conducta también se nota. En lugar de revisar qué función tiene lo que se siente o se hace, se intenta eliminarlo o evitarlo. Eso suele llevar a respuestas más rígidas, menos ajustadas a lo que la situación necesita.
La filosofía ha trabajado esto con más cuidado. La pregunta no ha sido cómo quitar partes de uno mismo, sino cómo entender mejor lo que ocurre internamente y cómo actuar con más claridad. No se trata de pelear con lo que aparece, sino de saber qué hacer con ello.
El problema de usar el “ego” para todo es que da una falsa sensación de entendimiento. Parece que ya se explicó el problema, pero en realidad se dejó de analizar. Y sin análisis, es difícil cambiar algo.
Al final, lo que ayuda no es ponerle una etiqueta a todo, sino observar bien lo que está pasando. Ver qué lo mantiene, qué efectos tiene y cómo responder de forma más consciente.
Psic. Claudia Hernández
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