jueves, 9 de abril de 2026

SOBRE LA VERDAD (Por Rosa Miriam)

 

Decir la verdad no te hace fuerte, te hace incómodo para los demás. Porque la verdad no adorna, no suaviza, no pide permiso. Llega directa, rompe narrativas y deja expuestas cosas que muchos prefieren mantener ocultas. Y por eso, quien la dice, rara vez es bien recibido.
La mayoría no rechaza la mentira porque sea mentira, la acepta porque le conviene. Porque encaja con lo que quiere creer, porque evita conflictos, porque mantiene apariencias. La verdad, en cambio, exige responsabilidad. Y no todos están dispuestos a cargar con eso.
Hablar con honestidad en un entorno donde todos disfrazan lo que son te convierte en un problema. No porque estés equivocado, sino porque haces evidente lo que otros intentan esconder. Y eso incomoda más que cualquier error.
Por eso la verdad no solo se cuestiona, se ataca. Se ridiculiza, se tergiversa, se desacredita. No se debate con ella, se intenta silenciar. Porque cuando no puedes sostener una mentira frente a la verdad, lo más fácil es atacar a quien la dice.
Decir lo que es no siempre te dará reconocimiento, muchas veces te dará rechazo. Perderás simpatía, aprobación y, en algunos casos, relaciones. Pero lo que pierdes afuera, lo ganas adentro: coherencia, claridad y respeto propio.
El problema es que muchos prefieren pertenecer antes que ser honestos. Prefieren encajar en grupos donde la mentira es cómoda, antes que quedarse solos sosteniendo lo que saben que es real. Y esa elección, aunque silenciosa, termina definiendo quiénes son.
Al final, la verdad no necesita aplausos para tener valor. Puede ser incómoda, solitaria y hasta peligrosa, pero sigue siendo verdad. Y quien decide sostenerla, aunque le cueste, deja de vivir de apariencias y empieza a vivir con dignidad.

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