Gran parte de nuestra conducta no está guiada solo por lo que ocurre en el momento, sino por reglas verbales que hemos aprendido a lo largo de la vida. Una regla verbal es una formulación en lenguaje que describe cómo funciona el mundo o cómo “deberíamos” actuar. Puede sonar como si hago esto, pasará aquello, o las parejas deben ser así, o mostrar emociones es señal de debilidad. No siempre las decimos en voz alta, pero organizan nuestra experiencia.
Estas reglas se adquieren a través de la educación, la cultura, la familia y la propia historia de reforzamiento. Cuando una figura significativa repite que no confíes en nadie, esa frase puede convertirse en un marco estable desde el cual interpretar futuras relaciones. También aprendemos reglas por experiencia directa. Si hablar en público generó burlas, puede formarse la regla mejor me callo para evitar problemas. El lenguaje permite generalizar más allá de la situación original.
Las reglas operan como atajos. Nos ayudan a anticipar consecuencias sin tener que probar cada posibilidad. Gracias a ellas podemos funcionar de manera eficiente. El problema surge cuando una regla se vuelve rígida y deja de ajustarse al contexto actual. Una regla que fue útil en cierto momento puede volverse limitante si se aplica sin flexibilidad.
Seguir reglas reduce la exposición a consecuencias inciertas. Actuar bajo una regla puede sentirse más seguro que experimentar directamente. Sin embargo, cuando la conducta se mantiene solo por la coherencia con la regla y no por sus resultados reales, aparece el conflicto. Una persona puede sostener la regla debo complacer para que no me abandonen, aunque esa conducta termine generando resentimiento y desgaste.
Las reglas organizan la percepción. Filtran la información que atendemos y la forma en que interpretamos lo que ocurre. Si alguien sostiene la regla si me contradicen es porque no me respetan, cualquier desacuerdo será leído como ataque. Así se construyen patrones de interacción que parecen inevitables, cuando en realidad están mediados por marcos verbales aprendidos.
Muchas veces no somos plenamente conscientes de las reglas que seguimos. Se sienten como verdades obvias. Cuestionarlas puede generar incomodidad porque implican revisar parte de la identidad. Sin embargo, reconocerlas abre espacio para mayor flexibilidad. No se trata de eliminar reglas, sino de evaluar si siguen siendo útiles y coherentes con los valores actuales.
El lenguaje es una herramienta poderosa que amplía nuestras posibilidades, pero también puede atraparnos en formulaciones rígidas. Tomar conciencia de las reglas que guían nuestra conducta permite elegir con mayor claridad. Cuando dejamos de actuar en piloto automático verbal, la experiencia se vuelve más amplia y la conducta más ajustada al presente.
Psic. Claudia Hernández
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