sábado, 3 de septiembre de 2022

LA UNION MISTICA 1ª Parte (Por Jean Jacques Agnaud)

 El ser humano está compuesto de una personalidad que no es más que un ensamblaje temporal de componentes materiales y psíquicos, y por otra parte, de una consciencia individual, es decir, de un alma inmutable, que es el Yo supremo de cada uno, y que participa plenamente en la intemporalidad bienhechora del Absoluto, de quien es una faceta inafectada por las vicisitudes de la existencia.
El hombre se encuentra inmerso en la ignorancia, ignorancia que le hace creer: Yo soy este hombre que vive, que piensa, que actúa. Identificándose al hombre, la consciencia se ata a los goces efímeros que este experimenta. Por esta atadura, esta sed de vivir, este miedo a la muerte, se encuentra encadenado al ego y desconoce su verdadera naturaleza. La realización espiritual consiste pues en romper las ataduras que aprisionan la consciencia, en disipar la ilusión y conocer nuestra unidad con el Absoluto.

Es fundamental comprender que no somos el hombre. Nuestro verdadero yo, nuestro yo supremo, es parte indisociable del Absoluto, del Espíritu Divino, eterno contemplador y Señor del universo. Por lo tanto debemos llegar a trascender la consciencia egótica, para vivir al nivel de nuestra verdadera naturaleza, que es la consciencia Divina.
Tal es el objetivo de la realización espiritual hacia el cual tienden todas las religiones y por la cual, las inmensidades de la beatitud nos serán conocidas.
Las pasiones y los temores son los que encadenan a nuestra consciencia a la condición humana. Debemos lograr un total desapego hacia las cosas terrestres.
Cuanto más poderosas son las pasiones, los deseos y los apetitos del individuo, más identificada estará la consciencia, clavada a la materia, ciega a las realidades supremas, y más difícil le será la unión transcendental con el Absoluto. El camino de la unión mística empieza con el renunciamiento, pero el renunciamiento por sí solo, no es capaz de resolver el escollo más temible, el egoísmo. Es por amor, amor al Señor, amor al otro y el don de nosotros mismos como podremos disipar la nube negra del egoísmo. Es inútil soñar con liberar nuestra consciencia de las ataduras del ego, mientras este ego siga conociendo la inflamación pletórica que es el egoísmo.
¡Y qué decir del orgullo!. Al igual que el egoísmo, es una inflamación del yo. Esto se concibe fácilmente: en el orgullo la individualidad no se conforma con identificarse erróneamente al yo humano, sino que se glorifica de esta identificación. Así, el colmo de la absurdidad es alcanzado.
Debemos desprendernos de los contenidos del ego para poder superarlo y lograr no identificarnos con él, para identificarnos con nuestra verdadera naturaleza que es la consciencia intemporal del Ser Divino. Identificándonos con nuestra verdadera naturaleza, descubrimos el carácter transcendente de nuestra esencia.
Un grave error que puede cometerse cuando se ha percibido intuitivamente el carácter transcendente de nuestra naturaleza última, consiste en considerarla como una especie de super-ego en el que volvemos a encontrar nuestra personalidad, pero ahora magnificada e inmortalizada. Haciendo esto, acabaremos en un culto a un yo deificado, al cual le atribuiremos las prerrogativas del Espíritu Eterno, declarando: “Soy Dios”. Nada mejor para hinchar el ego humano con una importancia desmesurada y bloquear todo camino hacia una realización espiritual verdadera, la cual no consiste en sentarse sobre un trono teológico, sino en avanzar hacia un renunciamiento interior progresivo, gracia al cual, lo superficial deja de disimular a lo original. Continúa en la 2ª parte Saludos.

 

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