Durante
mucho tiempo me creí el cuento del perfeccionismo. De la no-oscuridad.
Del “todo está bien”… Reprimía mis emociones. Sonreía cuando por dentro
lloraba. Pensaba que un hombre no debía llorar, ni emocionarse, ni
mostrar sentimientos que pudieran hacerlo vulnerable… En mi mente se
había incrustado totalmente el “chip” de gustar, de ser siempre
complaciente, fuerte y agradable, aun a costa de arrinconarme y
maltratarme…
Fue
una pesadilla. Lo reconozco. Una pesadilla que viven en silencio, de
una manera o de otra, millones de hombres en todo el mundo. Si eres
hombre, seguramente sabrás de qué hablo. Tal vez hayas vivido
situaciones muy similares… Es aterrador sentirse “robotizado” y creer
que uno no debe expresarse… En mi caso, lo somaticé mediante procesos de
ansiedad. Nervios que no podía controlar, taquicardias, mareos y un
sinfín de síntomas más. Incluso a día de hoy, en cuanto me descuido, mi
cuerpo me avisa y me dice: “Para ya de ser perfecto, respira y muéstrate
de verdad”.
Y
ese es el camino que hoy sigo. El de integrar, poco a poco, mi
sensibilidad y mi vulnerabilidad y no juzgarme por ello. Con mis fallos y
mis aciertos. Con mis ansiedades, mis sombras y mi inframundo horrendo.
En una sociedad de cuerpos musculosos, “supermanes” y hombres (por
fuera) “estupendos”, reconozco que es todo un reto. Pero lo acepto. Y me
libero. Porque sé que este es el camino más íntegro y más sincero.
Gustarme a mí mismo (desde la raíz) primero. Con todo lo malo y todo lo
bueno. Quien quiera, que se suba al carro. Y quien no, ¡hasta luego!
Pero no voy a matarme por aparentar ser el príncipe azul del cuento.
Ahora quiero una vida de paz, integridad, sentimientos y amor verdadero.
Ser yo mismo, ser real, ser YO… y dejar de ser “de ensueño”. Me
perdono. Me perdono por tanto maltrato inconsciente. Por tanto horror y
tanto sufrimiento. Y me doy permiso para amarme como soy y dejar a un
lado, al fin, la obligación de ser perfecto.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario