domingo, 17 de diciembre de 2023

EL SER HUMANO ES, POR EXCELENCIA, UN ANIMAL SOCIAL 2ª Parte (Por Estel Giro)

 

Viene de la 1ª parte.     El ser psicológico necesita de espacio mental para encontrarse, de reflexión serena y de evaluación de la conducta, mediante análisis cuidadosos de sí mismo, que solamente es posible en la soledad.
El ruido de las fiestas interminables, las alegrías exageradas del éxito, el aturdimiento de las agendas llenas, las carcajadas ruidosas y la embriaguez de los sentidos, impiden la autorrealización, la individualización.
Ante la imposibilidad de encontrarse esos momentos preciosos para la soledad en el movimiento de lo cotidiano, el retorno a una vida simple, que permita la descontracción, el relajar de los sentidos, el reencuentro con la belleza espontánea de la vida en la Naturaleza constituye una preciosa terapia para el discernimiento que va a conducirlo a la autorrealización.
Sería ideal que cada persona, a su modo y conforme sus posibilidades, intentase la soledad en un lugar silencioso, mágico por su simplicidad, sin utensilios complicados ni abarrotamiento de cosas innecesarias.
Lo esencial, lo básico para una vida saludable, constituye un material de poco volumen, mientras que, en la ansiosa búsqueda de realización por fuga, aparecen como indispensables los complejos equipamientos y materiales que ocultan o confunden las necesidades reales. Tal vez, por eso, se haya acuñado el brocardo que afirma: El hombre feliz no tenía una camisa, mientras otros, con muebles entupidos de ropas y artefactos en cantidad, sufren cuando tienen que escoger, pues nunca saben que es lo mejor que deben utilizar.
La inevitabilidad del recogimiento interior, a fin de encontrarse a solas, en silencio, debe constituir un proceso terapéutico valioso y urgente para liberar a la criatura del aturdimiento en que cae.
La falta de tiempo para la autorrealización conduce a la ansiedad responsable por la insatisfacción y, posteriormente, al trastorno comportamental correspondiente.
No solamente se necesita de tiempo físico, sino también la de naturaleza mental, aquel que proporciona serenidad, que faculta el discernimiento para entender los desafíos existenciales y enfrentarlos con equilibrio, sin culpa, ni rebeldía.
Es en el silencio que se puede encontrar a Dios, disfrutar de paz, descubrir los enigmas, autoperfeccionarse. No todos tienen facilidad de silenciar aflicciones y preguntas dolorosas en el barullo, en la alucinación de lo cotidiano, tornándose preciso buscar un lugar que proporcione las condiciones ambientales facilitadoras de las emociones.
Como cuidado terapéutico, todos deben apartarse por algún tiempo de la convivencia en que se encuentra parado, rehaciendo caminos de pensamientos, revitalizando disposiciones para el trabajo, la familia y la sociedad, auto encontrándose.
No se trata de buscar un tipo de reposo aburrido, hecho de ociosidad, sino de un retorno a sus orígenes, a la pureza del corazón, a la simplicidad, al análisis de como es morir, dejando las inutilidades que reciben atribución de valiosos tesoros.
Vivir es también una experiencia de morir, considerándose la incesante transformación orgánica operada en las células y en los departamentos que conforman el cuerpo. Cuando ocurre el fenómeno final – o poco antes – el ser despierta para el significado real de la existencia y de sus adquisiciones, experimentando frustración y amargura por el uso inadecuado que dio a la jornada ahora acabándose. Así siendo, la búsqueda de la soledad es una forma de desprendimiento de todos y de todo, temporalmente, de forma para entender el vacío de los apegos y tormentos por las posesiones de relativo significado.
El mayor tesoro es la identificación del Yo, con todos los contenidos vitales que lleva, adquisición que solamente es lograda mediante ingentes sacrificios. La soledad en un lugar sosegado, ante un cielo transparente y portador de noches estrelladas, a la vera del mar o en el bosque, en la montaña o en un valle verde, en el desierto o en un jardín, lejos del bullicio y cerca del latido de la Naturaleza, ofrece fuerzas para la autosuperación, la auto iluminación, de forma que el retorno a lo cotidiano no produce choque, no proporciona nostalgias de lo vivido, ni tormento por el deseo de repetirlo.
Soledad con reflexión, a fin de vivir en el tumulto sin desesperación, saludablemente, tranquilamente, he aquí la imposición del momento. El volver a despertar para la belleza, dejándose llevar por su contribución de armonía y de vida, solamente es posible cuando el Yo emerge y pasa a comandar las actividades, tornándose la realidad dominante en todo el proceso de transitoriedad.

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