Viene de la 1ª parte. El
ser psicológico necesita de espacio mental para encontrarse, de
reflexión serena y de evaluación de la conducta, mediante análisis
cuidadosos de sí mismo, que solamente es posible en la soledad.
El
ruido de las fiestas interminables, las alegrías exageradas del éxito,
el aturdimiento de las agendas llenas, las carcajadas ruidosas y la
embriaguez de los sentidos, impiden la autorrealización, la
individualización.
Ante
la imposibilidad de encontrarse esos momentos preciosos para la soledad
en el movimiento de lo cotidiano, el retorno a una vida simple, que
permita la descontracción, el relajar de los sentidos, el reencuentro
con la belleza espontánea de la vida en la Naturaleza constituye una
preciosa terapia para el discernimiento que va a conducirlo a la
autorrealización.
Sería
ideal que cada persona, a su modo y conforme sus posibilidades,
intentase la soledad en un lugar silencioso, mágico por su simplicidad,
sin utensilios complicados ni abarrotamiento de cosas innecesarias.
Lo
esencial, lo básico para una vida saludable, constituye un material de
poco volumen, mientras que, en la ansiosa búsqueda de realización por
fuga, aparecen como indispensables los complejos equipamientos y
materiales que ocultan o confunden las necesidades reales. Tal vez, por
eso, se haya acuñado el brocardo que afirma: El hombre feliz no tenía
una camisa, mientras otros, con muebles entupidos de ropas y artefactos
en cantidad, sufren cuando tienen que escoger, pues nunca saben que es
lo mejor que deben utilizar.
La
inevitabilidad del recogimiento interior, a fin de encontrarse a solas,
en silencio, debe constituir un proceso terapéutico valioso y urgente
para liberar a la criatura del aturdimiento en que cae.
La
falta de tiempo para la autorrealización conduce a la ansiedad
responsable por la insatisfacción y, posteriormente, al trastorno
comportamental correspondiente.
No
solamente se necesita de tiempo físico, sino también la de naturaleza
mental, aquel que proporciona serenidad, que faculta el discernimiento
para entender los desafíos existenciales y enfrentarlos con equilibrio,
sin culpa, ni rebeldía.
Es
en el silencio que se puede encontrar a Dios, disfrutar de paz,
descubrir los enigmas, autoperfeccionarse. No todos tienen facilidad de
silenciar aflicciones y preguntas dolorosas en el barullo, en la
alucinación de lo cotidiano, tornándose preciso buscar un lugar que
proporcione las condiciones ambientales facilitadoras de las emociones.
Como
cuidado terapéutico, todos deben apartarse por algún tiempo de la
convivencia en que se encuentra parado, rehaciendo caminos de
pensamientos, revitalizando disposiciones para el trabajo, la familia y
la sociedad, auto encontrándose.
No
se trata de buscar un tipo de reposo aburrido, hecho de ociosidad, sino
de un retorno a sus orígenes, a la pureza del corazón, a la
simplicidad, al análisis de como es morir, dejando las inutilidades que
reciben atribución de valiosos tesoros.
Vivir
es también una experiencia de morir, considerándose la incesante
transformación orgánica operada en las células y en los departamentos
que conforman el cuerpo. Cuando ocurre el fenómeno final – o poco antes –
el ser despierta para el significado real de la existencia y de sus
adquisiciones, experimentando frustración y amargura por el uso
inadecuado que dio a la jornada ahora acabándose. Así siendo, la
búsqueda de la soledad es una forma de desprendimiento de todos y de
todo, temporalmente, de forma para entender el vacío de los apegos y
tormentos por las posesiones de relativo significado.
El
mayor tesoro es la identificación del Yo, con todos los contenidos
vitales que lleva, adquisición que solamente es lograda mediante
ingentes sacrificios. La soledad en un lugar sosegado, ante un cielo
transparente y portador de noches estrelladas, a la vera del mar o en el
bosque, en la montaña o en un valle verde, en el desierto o en un
jardín, lejos del bullicio y cerca del latido de la Naturaleza, ofrece
fuerzas para la autosuperación, la auto iluminación, de forma que el
retorno a lo cotidiano no produce choque, no proporciona nostalgias de
lo vivido, ni tormento por el deseo de repetirlo.
Soledad
con reflexión, a fin de vivir en el tumulto sin desesperación,
saludablemente, tranquilamente, he aquí la imposición del momento. El
volver a despertar para la belleza, dejándose llevar por su contribución
de armonía y de vida, solamente es posible cuando el Yo emerge y pasa a
comandar las actividades, tornándose la realidad dominante en todo el
proceso de transitoriedad.
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