Mi abuela lo decía con esa calma firme que solo tienen quienes ya han visto suficientes amaneceres.
De niño, me parecía una frase más.
Otra advertencia exagerada para asustar.
Pero no lo era.
Era sabiduría comprimida en pocas palabras.
Con los años entendí que no hablaba de saliva.
Hablaba de humildad.
De respeto.
Del equilibrio silencioso que gobierna todo.
Porque la vida da vueltas.
Lo que hoy está arriba, mañana puede estar abajo.
El que hoy se ríe, mañana puede necesitar ayuda.
El que hoy juzga, mañana puede ser juzgado.
He visto soberbia convertirse en necesidad.
He visto burlas transformarse en súplicas.
He visto juicios regresar como lecciones.
La vida no olvida.
Devuelve lo que das.
Con intereses.
Y en el momento exacto.
Yo también me sentí fuerte.
Invencible.
Autosuficiente.
Hasta que la vida me dobló las rodillas.
Y en medio del silencio escuché su voz, como un eco antiguo:
“Ten cuidado con lo que haces, con lo que dices… porque todo regresa.”
Y regresó.
En forma de soledad.
En forma de reflexión.
En forma de aprendizaje.
Camino más despacio.
Miro con más respeto.
Ayudo cuando puedo.
No me burlo del que cae, porque todos hemos estado en el suelo alguna vez.
No hablo con soberbia, porque el destino siempre escucha.
Y cuando veo a alguien reírse del tropiezo ajeno, solo sonrío.
Porque ahora entiendo lo que antes no comprendía:
El cielo tiene una puntería perfecta.
Así que nunca escupas para arriba.
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