Muerte es una palabra sonora y fuerte que siempre produce resonancias en quien la dice y quien la escucha.
En ocasiones decimos que estamos muriendo constantemente, que la vida
es muerte y renacimiento en cada instante, pero la mayoría de las veces
esto no pasa de parecernos algo poético, porque en el fondo sabemos que
morir, morir…. Sólo morimos una vez. Y esto ocurre porque para las
muertes cotidianas grandes o pequeñas tenemos otra palabra, a esas
muertes las llamamos cambio.
La diferencia entre la palabra cambio y la palabra muerte es sólo que
en la primera no perdemos el hilo conductor, conservamos la memoria de
lo que fue, hay un matiz de continuidad del que carece la palabra
muerte, pero por lo demás, todo cambio supone el final de algo, un final
tan definitivo como la muerte, ya que lo que termina… ¡termina!, nos
queda la enseñanza, la experiencia de lo vivido, pero la etapa que
finaliza, la circunstancia que cambia, el lugar que se transforma…
acaban para siempre, vendrán otros momentos, otras circunstancias, otros
lugares parecidos, pero nunca serán los mismos, aun así lo asumimos
como cambio y no como muerte porque mantenemos la experiencia de
continuidad.
En la muerte, vista desde esta forma que tenemos ahora, perdemos el hilo conductor y entonces pasa de ser cambio a ser algo con punto y final, aun teniendo muchas evidencias que nos hablan de lo contrario.
Los que tienen experiencias cercanas a la muerte, sencillamente se dan cuenta de esto. En el proceso de morir experimentan una sensación de continuidad a pesar de que su cuerpo parece que llega a su fin, se encuentran con la novedad de sentir que SON aún habiendo terminado su experiencia en la forma física. Estas personas pasan a referirse siempre a la muerte como un cambio.
Sin tener que pasar por una experiencia cercana a la muerte, cuando nosotros somos capaces de situarnos en la eternidad atemporal del PRESENTE, la muerte como punto y final no tiene sentido, desaparece, sólo hay cambio constante. Y no se trata de refugiarse en un consuelo ideado para tranquilizar al “yo” temeroso que desea perpetuarse, porque curiosamente ese “yo” (que es sólo una experiencia más) muere.
Somos la Conciencia teniendo una experiencia. La Conciencia que se experimenta en la forma física a través del cuerpo. Que tiene la experiencia de la forma mental en los pensamientos, y de lo afectivo en las emociones. El conflicto surge cuando creemos ser sólo la experiencia.
Vivir los cambios de cada día permitiendo que lo que acaba acabe, sin aferrarnos a ello, tal vez nos ayude, cuando llegue el momento de soltar el cuerpo a vivirlo como un cambio, con menos resistencias y con esa paz que acompaña siempre a la aceptación profunda .
Curiosamente esa disposición interna es la que nos permite vivir intensamente cada cosa, cada instante.
En la muerte, vista desde esta forma que tenemos ahora, perdemos el hilo conductor y entonces pasa de ser cambio a ser algo con punto y final, aun teniendo muchas evidencias que nos hablan de lo contrario.
Los que tienen experiencias cercanas a la muerte, sencillamente se dan cuenta de esto. En el proceso de morir experimentan una sensación de continuidad a pesar de que su cuerpo parece que llega a su fin, se encuentran con la novedad de sentir que SON aún habiendo terminado su experiencia en la forma física. Estas personas pasan a referirse siempre a la muerte como un cambio.
Sin tener que pasar por una experiencia cercana a la muerte, cuando nosotros somos capaces de situarnos en la eternidad atemporal del PRESENTE, la muerte como punto y final no tiene sentido, desaparece, sólo hay cambio constante. Y no se trata de refugiarse en un consuelo ideado para tranquilizar al “yo” temeroso que desea perpetuarse, porque curiosamente ese “yo” (que es sólo una experiencia más) muere.
Somos la Conciencia teniendo una experiencia. La Conciencia que se experimenta en la forma física a través del cuerpo. Que tiene la experiencia de la forma mental en los pensamientos, y de lo afectivo en las emociones. El conflicto surge cuando creemos ser sólo la experiencia.
Vivir los cambios de cada día permitiendo que lo que acaba acabe, sin aferrarnos a ello, tal vez nos ayude, cuando llegue el momento de soltar el cuerpo a vivirlo como un cambio, con menos resistencias y con esa paz que acompaña siempre a la aceptación profunda .
Curiosamente esa disposición interna es la que nos permite vivir intensamente cada cosa, cada instante.
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