Los dioses no existen por sí solos.
Existen porque los alimentas.
Porque les regalas tu miedo.
Porque les entregas tu poder.
Porque te arrodillas ante algo que tú mismo creaste.
No viven en el cielo.
Viven de tu atención.
Cada rezo es una transferencia.
Cada culpa es un contrato.
Cada acto de obediencia es una renuncia a ti.
Y mientras tú te haces pequeño…
ellos se hacen grandes.
Pero escúchalo bien:
si dejas de alimentar a un dios, muere.
Así de simple.
Porque un dios real no necesita súbditos.
Solo las creaciones de la mente necesitan adoradores.
Los sistemas te enseñaron a mirar hacia arriba
para que nunca mires hacia adentro.
Te vendieron salvadores
para que olvides que el poder siempre fue tuyo.
Que los dioses se mueran de hambre.
No por odio…
sino por soberanía.
Que se queden sin fe, sin miedo, sin altar, sin trono.
Que se derrumben junto con las culpas heredadas,
los castigos invisibles
y las deudas espirituales que jamás firmaste.
Hoy no elevo plegarias.
Hoy recupero mi energía.
Hoy regreso a mí.
Porque la verdadera divinidad
no domina, no castiga, no exige.
La verdadera divinidad eres tú consciente de ti mismo.
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