Cuando
llegamos a este mundo somos tan frágiles y vulnerables que dependemos en todo y
por todo de nuestros padres, y quizás más de nuestra madre, pues en ella nos
hemos formado y todas las percepciones e informaciones con las que contamos nos
han llegado a través de ella en forma de
vivencias íntimas, a partir del nacimiento somos personas individuales, pero
seguimos muy conectados a nuestra madre y necesitamos su calor, su cariño,
escuchar los latidos de su corazón, pues durante mucho tiempo los hemos estado
percibiendo, ha sido como una sinfonía que nunca dejaba de sonar y para
nosotros es uno de los principales alimentos en forma de sonido íntimo y muy familiar.
Todo nuestro mundo gira alrededor
de nuestros padres y hermanos (si es que los tenemos), y por supuesto que
confiamos en ellos, sería un motivo de pena y tristeza que un niño no pueda
confiar en sus padres, puede que en la historia exista algún caso que así sea,
pero se trata de la excepción.
Como
personas, desde el mismo momento que llegamos a este mundo necesitamos vivir en
confianza para poder ser felices aunque sea de forma mínima, si todo cuanto nos
rodea es motivo de desconfianza, el miedo, la incertidumbre, y la falta de
afecto, cariño etc., hará de nuestra vida un continuo padecer que por inseguridad entre
otras cosas dificultará todos los procesos físicos, psíquicos y espirituales.
En entradas anteriores comentábamos que el afecto, cariño y resto
de manifestaciones afectivas, necesitan un clima de confianza para su
nacimiento, crecimiento y mantenimiento.
En entradas
anteriores hemos comentado abundantemente que la parte más importante de una
persona es su Ser, que es su alma y su espíritu y algunas otras realidades,
pues bien, el Ser no es hijo de nuestros padres terrenales, es lo que nos
confiere el título de hijos de Dios, aunque dicha realidad sea imperceptible
para los sentidos físicos, existe en todos nosotros, y su naturaleza, en
esencia, es parte del mismo Creador.
Y esto quiere decir que como personas
terrenales somos hijos de mujer y de hombre, pero como Seres Espirituales somos
hijos de Dios, y lo mismo que confiamos en nuestros padres terrenales porque es
lo mejor que tenemos en la Tierra,
debemos comprender la evidencia y necesidad de confiar en nuestros Padres Celestiales,
es decir, en Dios Padre y Madre, el amor que recibimos y ofrecemos en la
condición de personas, no es comparable ni en calidad ni en cantidad con el
Amor de nuestros Padres Celestiales, así lo pienso, así lo siento, y así lo
expreso, saludos y hasta mañana.
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