Ashley England, de China Grove, Carolina del Norte, estaba al final de sus fuerzas.
Riley, su hijo de 8 años de edad, estaba causando una conmoción en la
pizzería donde, después de un agotador día de trabajo, ella intentaba
disfrutar de su modesta cena.
El niño estaba muy agitado.
Primero tiró al suelo el teléfono celular de su mamá y luego se dedicó a gritar y a golpear la mesa con fuerza.
¡Nada lograba calmarlo!
Varias personas en las mesas cercanas se volteaban a mirarlo, sin ocultar su desagrado. Ellas solo veían a un chico «malcriado» y a una mamá incapaz de controlar a su hijo o a quien no le importaba la molestia que les ocasionaba.
Pero, como tantas veces ocurre, la realidad era muy diferente.
A los 18 meses de nacido, Riley, quien no puede comunicarse verbalmente, comenzó a sufrir de fuertes ataques de epilepsia.
Sus problemas de comportamiento no eran producto de la indisciplina, sino de una condición que lo dejaba frustrado e incapaz de controlar sus emociones.
Ashley sintió sobre sí las miradas reprobadoras y esa sensación de angustia que ya le era tan familiar.
Justo en ese momento, la mesera se le acercó con la cuenta en la mano.
¿Es que la iba a echar del restaurante, delante de todos?
Las palabras de la chica la tomaron por sorpresa:
«Un cliente pagó tu cena y me pidió que te diera esto», dijo, dándole una nota en la que estaba escrito:
«Dios solo les da hijos especiales a las personas especiales». La angustia de Ashley se disolvió en lágrimas de agradecimiento.
¡Alguien era capaz de comprenderla!
«Ese gesto de compasión me demostró que algunas personas entienden lo que estamos pasando. Eso pesa más que todos los comentarios rudos que escucho», expresó, conmovida.
«Esa persona no sabe todas las luchas que Riley y yo hemos enfrentado últimamente. Su generosidad era justo lo que necesitábamos en ese momento»
Primero tiró al suelo el teléfono celular de su mamá y luego se dedicó a gritar y a golpear la mesa con fuerza.
¡Nada lograba calmarlo!
Varias personas en las mesas cercanas se volteaban a mirarlo, sin ocultar su desagrado. Ellas solo veían a un chico «malcriado» y a una mamá incapaz de controlar a su hijo o a quien no le importaba la molestia que les ocasionaba.
Pero, como tantas veces ocurre, la realidad era muy diferente.
A los 18 meses de nacido, Riley, quien no puede comunicarse verbalmente, comenzó a sufrir de fuertes ataques de epilepsia.
Sus problemas de comportamiento no eran producto de la indisciplina, sino de una condición que lo dejaba frustrado e incapaz de controlar sus emociones.
Ashley sintió sobre sí las miradas reprobadoras y esa sensación de angustia que ya le era tan familiar.
Justo en ese momento, la mesera se le acercó con la cuenta en la mano.
¿Es que la iba a echar del restaurante, delante de todos?
Las palabras de la chica la tomaron por sorpresa:
«Un cliente pagó tu cena y me pidió que te diera esto», dijo, dándole una nota en la que estaba escrito:
«Dios solo les da hijos especiales a las personas especiales». La angustia de Ashley se disolvió en lágrimas de agradecimiento.
¡Alguien era capaz de comprenderla!
«Ese gesto de compasión me demostró que algunas personas entienden lo que estamos pasando. Eso pesa más que todos los comentarios rudos que escucho», expresó, conmovida.
«Esa persona no sabe todas las luchas que Riley y yo hemos enfrentado últimamente. Su generosidad era justo lo que necesitábamos en ese momento»
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