En mi opinión, y por motivos relacionados con una educación que no ha
sido la adecuada porque había demasiadas normas y demasiado estrictas, o
por la cantidad de reprobaciones a la que nos han sometido o nos hemos
sometidos, o por la excesiva rigidez de cumplir las normas sociales, o
porque nuestras experiencias personales nos han inculcado una adusta
seriedad -no en todas las ocasiones necesaria, ni a todas horas-, muchas
personas tenemos tendencia a reprimirnos, y a reprimir ciertas
iniciativas espontáneas naturales que tienen necesidad de expresarse y
que aportarían puntos positivos a nuestra Autoestima y confianza a
nuestro sentido optimista y positivo de la vida y la felicidad.
Demasiada represión a veces.
“No hagas eso”, “cállate”, “estate quieto”, “haz lo que yo te digo,
obedece”, “pórtate bien”, “sé formal”, “compórtate”… ¿Cuántas veces
hemos escuchado esto?
Esto se ha quedado grabado en nuestro inconsciente. Esto nos marca. Esto actúa aún cuando nosotros no nos damos cuenta.
Nos impone una postura severa -demasiado rígida en ocasiones-, con
respecto a ciertos aspectos personales –a cada uno le afecta de un modo
diferente y en aspectos distintos- en los cuales nos vamos reprimiendo,
coartando, limitando, atenazando, o constriñendo hasta el punto de
ahogar nuestra espontaneidad y nuestra naturalidad, dejando con ello de
ser nosotros mismos, anulando al niño campechano, espontáneo y
desenvuelto que a todos nos habita.
Otras personas, o las
circunstancias -a veces-, nos imponen o nos invitan a prohibir que se
expresen algunas de nuestras partes, y nosotros aceptamos esa imposición
o esa invitación con el consiguiente dolor interno y la tristeza que
conlleva.
Eso mata nuestra alma y anula nuestro Ser.
Si
uno echa la vista atrás –o mira bien en su actualidad- y se da cuenta de
todas las veces que ha tenido que renunciar a ser él mismo, o a
mostrarse como realmente es, o a decir lo que le hubiera gustado decir o
hacer lo que de verdad le apetecía a hacer, se arriesga a encontrarse
con una montaña más o menos grande de frustraciones, de rabias
acumuladas, de protestas amordazadas, de lágrimas que se ha tenido que
tragar, de sentimientos lastimados, y de dolores de todos los calibres.
Esa es la realidad. Y felicitaciones para el afortunado o afortunada que no encuentre dentro de sí algo de esto.
Estamos hablando de un pasado que ya pasó y no tiene remedio, pero
estamos hablando también de un presente y un futuro en el que no es
necesario que siga siendo así.
En estos momentos de darse cuenta
uno de algo que duele y se niega es cuando se puede coger toda su rabia
reprimida y utilizarla como energía a utilizar para poner un punto y
aparte y comenzar a caminar con libertad.
“Hasta aquí he
llegado. De acuerdo. Lo acepto. Es lo que hay, pero eso no me obliga a
tener que seguir reprimiéndome, a ser siempre quien cede y calla, a
soportar mis lágrimas en silencio y esta tristeza que solo me pertenece a
mí y solo yo padezco. Ya está bien. Tengo mis derechos y voy a
ejercerlos y voy a reclamar que se respeten. Que se me respete. Que
pueda ser yo mismo.”
Ejercer ese derecho a no tener que
reprimirse, si hacerlo causa daño, es un acto de Amor Propio y de
respeto a la propia dignidad.
Y el Amor Propio y la Dignidad
Personal son pilares básicos que uno ha de respetar y que ha de exigir
el respeto por parte de los otros.
Sin rabia, sin reproches, con
amor y buena voluntad, es conveniente tomar la firme decisión de no
permitir que nos repriman, y darnos permiso para no reprimirnos.
Y sí se puede hacer.
Hazlo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
martes, 17 de octubre de 2023
¡BASTA YA DE REPRIMIRTE! (Por Emma Fernandez)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario