Una
existencia egocentrada gira en torno a los intereses del propio yo, por
encima de cualquier otra referencia. Se caracteriza por el narcisismo y
la apropiación –el yo no puede existir sin decir “mío”– y persigue el
tener, el poder, el aparentar o, simplemente, su propio bienestar.
Tal
programa de vida puede explicarse e incluso comprenderse a partir de
factores psicológicos –carencias y vacíos afectivos– y socioculturales
–“valores” dominantes en un ambiente determinado–, que tienden a
encerrar a la persona en determinados mecanismos de defensa y, en último
término, a mantenerla en la ignorancia básica acerca de su verdadera
identidad.
La
espiritualidad es un camino de comprensión –de liberación de aquella
ignorancia radical– y, por eso mismo, de desegocentración. Una
existencia lograda, adulta y plena, libre y feliz es una existencia
desegocentrada, amorosa y servicial. La persona feliz es buena.
Las
llamadas “Bienaventuranzas”, sin duda una de las páginas más sublimes y
provocativas de la literatura espiritual, constituyen un “programa de
vida” que señala el camino de la desegocentración y, en ese sentido,
pone del revés los valores que, en gran medida, gobiernan todavía el
mundo de los humanos.
Ahora
bien, tal programa no se halla al alcance del yo. De hecho, lo que
pretende es transcenderlo, pero no desde un imperativo moral, sino desde
la comprensión que posibilita pasar de una consciencia de separación
(egoica o egocentrada) a una consciencia de unidad (transpersonal,
desegocentrada, fraternal y planetaria), permitiendo así salir de la
ignorancia y vivir en la verdad de lo que realmente somos.
No
se llama “dichoso” a algún yo que hubiera conseguido las metas
propuestas, sino justamente a quien ha dejado de identificarse con él.
La ignorancia nos mantiene en la identificación con el yo; la
comprensión nos muestra nuestra verdadera identidad.
Las
Bienaventuranzas no son, por tanto, un mensaje de felicidad para el yo.
En realidad, el yo no puede ser feliz, porque su existencia –como la de
todas las formas– se halla sometida a la ley de la impermanencia y a
merced de sucesos que no puede controlar. Donde hay impermanencia,
afirma un axioma básico del budismo, hay sufrimiento. Por eso tiene
razón José Díez Faixat cuando afirma que “nadie es feliz; lo difícil es
ser nadie”.
Es
difícil porque estamos literalmente hipnotizados, tan identificados con
el yo que nos resulta imposible entendernos a nosotros mismos sin ser
“alguien”. Hemos ligado nuestra suerte y nuestra felicidad al carrusel
del yo, con todos sus inevitables altibajos, olvidando que lo que
realmente somos se halla siempre a salvo.
Pues
bien, utilizando este lenguaje, la bienaventuranza que proclama
“felices los pobres” está diciendo “felices quienes han comprendido que
son nadie”, es decir, quienes no se identifican con su yo, porque han
descubierto que, en su verdadera identidad, son vida.
¿Qué
significa todo esto en la vida cotidiana? Que se abren ante mí dos
caminos posibles. Puedo vivir en función del yo –instalado en la
ignorancia–, dando así lugar a una existencia egocentrada que gira en
torno a sus propios intereses. El resultado es el egocentrismo, la
agresividad y la decepción cuando se frustran las expectativas y el
sufrimiento debido a la no aceptación de la impermanencia.
O
puedo reconocerme como vida –desde la que acojo e integro el yo– y,
desde esa consciencia de unidad, me dejo ser cauce para que la vida
fluya, buscando el bien de todos los seres.
El
paso de la ignorancia a la comprensión –de identificarme ansiosamente
con el yo a comprender que, bien mirado, soy “nadie”– modifica de manera
radical el criterio que guía mi existencia: dejo de juzgarla de manera
exclusiva en función de mis propios intereses –sintiéndome “feliz” o
abatido, según las circunstancias respondan a ellos o los frustren– para
empezar a mirarla desde mi (nuestra) verdadera identidad y desde el
amor a los demás que brota de esa comprensión.
Y
es aquí, en la práctica cotidiana, donde se verifica la verdad profunda
de la bienaventuranza: si vivo para el yo, terminaré frustrado y vacío;
solo cuando vivo desde la verdad de lo que somos –y el amor que nace de
ahí– seré feliz aun en medio de circunstancias adversas. Porque la
felicidad no estará puesta en lo que pueda sucederle al yo, sino en la
certeza de que, en medio de todo lo que suceda, nuestra verdadera
identidad se halla siempre a salvo.
EMartínez
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