En
la cadena de las existencias, una vida terrestre no tiene más
importancia relativa que un día en el curso de esta vida. Una vida, un
día: ambos tienen en la evolución, una importancia comparable y una
verdadera analogía.
Hay
buenos y malos días, como hay buenas y malas vidas; días y vidas
aprovechados, días y vidas perdidos. Un día, una vida, no pueden
apreciarse aisladamente, sino que han de apreciarse en relación con los
días y las vidas precedentes, con los que se encadenan y complementan.
No
hay labor ni inquietud exclusivamente limitadas a una vida ni a un día.
No se formula el programa de una jornada o de una vida sin tener en
cuenta los días ni las vidas pasadas, los días ni las vidas venideros.
Como
los días, las vidas están separadas por períodos de reposo aparente,
pero al mismo tiempo, de laboriosidad fecunda, de asimilación y de
preparación. Así como al despertar se halla resuelto como por encanto
muchos problemas complicados de la víspera, así en la aurora de una vida
el Ser parece guiado en sus primeros pasos y camina con seguridad, como
llevado de la mano, por la senda que se ha trazado, la que sigue
ciegamente, precisamente por ignorarlo. De este modo, de existencia en
existencia, por la multiplicidad de existencias registradas y
asimiladas, el Ser llega, poco a poco, a las fases superiores de la
vida, en esas fases que están reservadas al desarrollo completo de la
conciencia, a la omniscencia realizada.
La
omniscencia debe extenderse, idealmente, al presente, al pasado y al
porvenir; es decir, realizando una especie de adivinación actual
incomprensible.”
Extraido del libro: “Del Inconsciente al Consciente” de Gustavo Geley. Revista “Constancia”
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