Amaneciste. Y eso ya es un milagro.
No todos tuvieron ese regalo.
No todos abrieron los ojos, no todos pudieron abrazar a los suyos, ni sostener una taza de café caliente entre las manos.
Así que respira hondo…
y agradece.
Agradece a Dios.
No porque todo esté perfecto,
sino porque aún tienes tiempo.
Tiempo para sanar, para crecer, para perdonar, para volver a intentar.
Tiempo para cambiar lo que duele y abrazar lo que da paz.
Agradece incluso lo pequeño.
Porque quien empieza el día con gratitud, termina el día con propósito.
-Susana Rangel
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