Dudar
de nosotros mismos, alimentar un diálogo negativo donde el autoboicoteo
es constante, va edificando poco a poco la cárcel de la ansiedad. Es el
resultado de esa inseguridad que oxida la vida y que deriva casi sin
que nos demos cuenta en angustia e inquietud.
Baja
autoestima y ansiedad tienen una relación que incide de manera directa
en otras dimensiones, como el estado de ánimo o los proyectos en los que
nos embarcamos. Así, un hecho común es limitarnos a hacer uso de
determinadas técnicas para gestionar el estrés y los trastornos de
ansiedad, pasando por alto un detonante muy concreto. Tras esa angustia,
tras esa inquietud y sintomatología adversa, habita una mente
acostumbrada a sabotearse a sí misma.
Albert
Ellis (psicoterapeuta cognitivo) expresaba con gran acierto que una de
las causas más comunes de la ansiedad es la autoexigencia. La mente
ansiosa siempre tiene miedo a no llegar, a fallar, a mostrar falibilidad
o imperfección. Ahora bien, en este proceso en el cual se acumulan
tantas angustias por no cumplir, es fácil derivar poco a poco en la idea
de que si no alcanzamos determinadas metas es porque no podemos o no
las merecemos.
Tras
la ansiedad se encuentra en muchos casos la indefensión. Esto es algo a
tener presente, porque cuando la visión que tenemos de nosotros mismos
se va fracturando, por esas vetas entran los miedos, las inseguridades y
la incapacidad para manejar la propia vida.
Ansiedad y baja autoestima, las causas que explican esta relación.
Bastaría
con hacer un pequeño sondeo para descubrir cuántas personas que lidian
con un trastorno de ansiedad, lo hacen también con el peso de la baja
autoestima. Si pudiéramos sumergirnos en el rumor de sus pensamientos y
en el diálogo interno que fluye en sus mentes descubriríamos, además,
varias cosas.
La
primera, sería el exceso de frases que se inician del mismo modo ‘no
puedo controlar mi ansiedad’, ‘no tengo habilidades para hacer frente a
esto’, ‘mejor evito hacer esto porque no vale la pena y seguro que sale
mal‘, ‘no me gusta mi físico, no me gusta eso otro de mí”, etc. El
segundo aspecto llamativo con el que nos encontraríamos sería el
siguiente. Muchas personas acaban usando la ansiedad como escudo para no
lidiar con el problema original: la baja autoestima.
Así,
es común que realicen comentarios o razonamientos como el siguiente: no
me presento a esa entrevista de trabajo porque la ansiedad no me va a
dejar. No quedo con esa persona que me gusta porque al final mi ansiedad
lo estropeará todo. En estos casos, no son conscientes de que la raíz
original de la propia ansiedad y de esos pensamientos es la inseguridad y
la baja autoestima.
El eterno miedo al rechazo.
Un
potenciador de la buena autoestima es sin duda haber contado con una
crianza adecuada. Disfrutar de un apego positivo con los progenitores,
sentirse seguro y amado es un nutriente esencial. Todo ello genera sin
duda tener también una visión positiva de uno mismo y, de ese modo,
vamos construyendo una identidad y autoconcepto fuertes y saludables.
Ahora
bien, cuando esto falla casi todo acaba desmoronando. Haber pasado una
infancia complicada e incluso haber sufrido bullying origina a menudo
ese eterno miedo al rechazo. Esa angustia, el temor a ser rechazados
nuevamente en cualquier momento (ya sea a nivel afectivo, laboral, etc.)
acaba dando forma a los posteriores trastornos de ansiedad.
La relación entre la baja autoestima y el perfeccionismo.
En
la Universidad de Curtin, en Australia, se llevó a cabo un interesante
estudio. En él, la doctora Sarah Egan demostró que hay una relación
significativa entre el perfeccionismo, la ansiedad y la baja autoestima.
Es más, en los trastornos de alimentación suele verse bastante este
vínculo.
Ansiedad
y baja autoestima se reflejan a menudo en esa necesidad nuestra por
mostrar eficacia y perfección en cada cosa que hacemos. No obstante, al
poco aparecen las dudas y la inseguridad, así como ese autoboicoteo de
quien se pone en duda a sí mismo y a lo hecho con gran esfuerzo. Todas
estas situaciones derivan en frustración y en ansiedad.
La mente que solo se centra en el lado negativo de las cosas.
La
mente es cautiva a menudo de ese enfoque cognitivo y emocional por
donde rara vez entra la luz, el coraje o el optimismo. Es esa visión de
túnel donde no se atisba más perspectiva que el fatalismo o el fracaso.
Tras esa visión personal se halla la semilla de la baja autoestima, un
germen que cohabita durante años en nosotros y que poco a poco va
edificando la cárcel de la ansiedad.
No
es fácil emerger de estos estados psicológicos. A menudo, ansiedad y
baja autoestima crean una aleación permanente donde resulta muy
complicado liberar a la persona. Cuando se han creado patrones mentales
tan profundos no es sencillo romper ese molde para demostrar a quien
sufre, que está en su mano generar un cambio, mejorar en bienestar.
Sin
embargo, tal artesanía puede hacerse. Y el camino para iniciar esa
mejora es trabajando la autoapreciación. En cuando mejoramos la visión
que tenemos de nosotros mismos se crea un avance. En el momento en que
uno vuelve a apostar por sí mismo, añadiendo al día a día ingredientes
como la confianza, la seguridad, la ilusión y un propósito vital, los
miedos van cayendo y con ellos, la estructura de la ansiedad.
Todos
tenemos la capacidad y el potencial para invertir en ese proceso. La
autoestima es al fin y al cabo, ese músculo que todo lo mueve y que da
movimiento y luz a la vida.
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