A veces, lo más hermoso no está en lo que podemos tocar, sino en lo que admiramos desde lejos. La Luna brilla majestuosa en el cielo, pero si la tuviéramos al alcance, veríamos su superficie árida y llena de cicatrices. Su esplendor está en la distancia, en el misterio de lo inalcanzable.
Así sucede con algunas personas, momentos y recuerdos. Desde lejos, parecen perfectos, casi mágicos, pero al acercarnos demasiado, descubrimos matices que quizá no esperábamos. No se trata de evitar la cercanía, sino de aceptar que ciertas cosas necesitan espacio para mantener su encanto.
Apreciar la belleza desde la distancia no significa resignación, sino entendimiento. Es aprender a valorar sin poseer, a contemplar sin necesidad de tocar, a admirar sin perderse en la obsesión del control.
Porque, al final, la Luna nunca ha necesitado estar en nuestras manos para inspirarnos.
José Carlos Toledo
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