El estrés no te lo da la vida. Te lo da la distancia entre lo que es y lo que creíste que debía ser.
Hay una guerra silenciosa que muchos libran cada día. No ocurre en el mundo exterior. Ocurre en el espacio entre lo que es y lo que la mente insiste en que debería ser.
A eso le llamamos estrés. Y el yoga cree que el sufrimiento no nace de la realidad. Nace del apego a una versión imaginada de ella.
Cuando te aferras a cómo deberían comportarse las personas, a cómo debería haber salido ese proyecto, a cómo debería sentirse tu cuerpo hoy… creas una tensión invisible que agota más que cualquier esfuerzo físico.
Los maestros lo llaman dukkha, esa insatisfacción sutil que aparece cuando exigimos que la vida se doble ante nuestra voluntad.
Pero el agua no discute con las piedras. Fluye alrededor de ellas, sobre ellas, a través de los espacios que el río le ofrece. Y en ese fluir encuentra su camino al mar.
Tu respiración conoce este secreto mejor que tu mente. Inhala: acoges lo que llega. Exhala: sueltas lo que no puedes controlar. En ese ciclo sencillo vive la libertad que tanto buscas.
Fluir no es resignarse. Es confiar. Es reconocer que la vida tiene una inteligencia que supera nuestros planes. Es soltar la exigencia y abrir los brazos a lo que es, tal como es, aquí y ahora.
Cuando dejas de pelear con el presente, el estrés no desaparece de golpe, se disuelve, como la niebla ante la luz de la mañana. Y en ese silencio que queda, descubres que siempre tuviste exactamente lo que necesitabas. 
Gracias, gracias, gracias!
Nos amo 
Nos bendigo
Dios con nosotros y en nosotros
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