Cada
noche miraba a las estrellas... No sabía por qué lo hacía. Era una
llamada interior imposible de rechazar. Como una cita ineludible con
alguien invisible, pero presente. Salía afuera, caminaba unos minutos y
se sentaba en soledad. Una soledad "acompañada"...
Allí
arriba, como siempre, estaban ellas. Relucientes. Intensas. Amistosas.
Sabias. Eternas... Ya no había soledad. O, al menos, no dolía tanto. El
cielo nocturno abrazaba su corazón y lo envolvía como nadie más lo había
sabido hacer. En la inmensidad de ese telón elegantemente oscuro y
salpicado de amables puntos de luz, encontraba su solaz y su sosiego, su
refugio y su pasión. Procedía de allí. De alguno de esos puntos. No le
cabía la menor duda.
"Qué
hago aquí", se preguntaba mientras contemplaba toda esa inefable
belleza. En el fondo sabía que su presencia en el planeta era momentánea
y fugaz, como la estrella que ahora mismo acababa de pasar sobre su
cabeza... Y en su mente, como llegadas de un lugar remoto y cercano a la
vez, se materializaron las siguientes palabras: "Sigue adelante. No
desistas. Tu misión continúa. Aprovecha cada momento. Estamos siempre."
Javier López Alhambra
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