Hay gente brillante que no sabe qué hacer cuando la vida se le rompe en la cara, que tiene títulos, conceptos, palabras difíciles y teorías impecables, pero se paraliza frente a un problema concreto, cotidiano, humano, como si el manual no trajera ese capítulo incómodo donde la realidad no avisa y no pide permiso.
Y después está el otro tipo de inteligencia, la que no suele salir en los certificados ni en los tests, la inteligencia práctica, la del que no presume pero resuelve, la del que no recita definiciones como un casette pero encuentra salidas, la del que cuando algo falla no entra en pánico ni culpa al sistema, sino que se arremanga y pregunta qué hay que hacer ahora. Eso vale oro. Hoy más que nunca.
William James, uno de los padres de la psicología moderna y referente central del funcionalismo, lo dijo sin vueltas elegantes, la mente no está para decorar bibliotecas internas sino para ayudar al organismo a adaptarse al entorno, sobrevivir, elegir mejor, actuar mejor. Pensar sirve si conduce a algo. Si no, es ruido mental con buena prensa.
El funcionalismo no preguntaba qué es la inteligencia en abstracto, preguntaba para qué sirve, cómo ayuda a vivir, cómo permite resolver problemas reales, cómo mejora la relación con el mundo y con los otros. Simple, brutal, actual.
Porque la vida no te evalúa con opciones múltiples.
Te examina en tiempo real.
El coeficiente intelectual puede impresionar en una charla, pero la inteligencia práctica sostiene una familia, salva un negocio, recompone un vínculo, encuentra trabajo cuando no hay, aprende un oficio nuevo cuando el anterior quedó viejo, y acepta que no todo se entiende pero casi todo se puede encarar.
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